El texto siguiente es un relato del montañero cántabro Rodolfo Amorrortu, donde recuerda la subida que hizo al Naranjo con Alberto Rabadá en julio de 1962, como inicial toma de contacto toma de contacto con la montaña en la que poco después, en agosto del 62, la mítica pareja hiciese la escalda con la que abrieron la vía de la cara oeste. A continuación, Rodolfo hace un relato apasionante de la escalada por esa vía que hizo en 1984, con casi 58 años, en compañía de tres jóvenes y experimentados montañeros.
Alberto Rabadá y Ernesto Navarro han sido una de las cordadas más importantes de la historia de la escalada en España. Fueron quienes consiguieron el 21 de Agosto de 1962 realizar el primer itinerario de escalada en una pared considerada hasta el momento como imposible, la Cara Oeste del Naranjo de Bulnes o Picu Urriellu. La Rabadá-Navarro a la cara oeste del Naranjo es probablemente la vía de escalada más famosa de nuestro país. Todos los escaladores sueñan con surcar esta línea alguna vez en su vida. La historia de la cordada Rabadá-Navarro, o Navarro-Rabadá (como firman en la cima del Naranjo tras ascender su cara oeste) es muy breve: son solo cuatro años desde su primera apertura (1959) hasta su trágica desaparición (15 agosto 1963) en la norte del Eiger.
Por Rodolfo Amorrortu
Naranjo de Bulnes, julio de 1962
Ya estamos al pie de la brava cara Oeste del Naranjo de Bulnes, donde empieza la vía Rabadá-Navarro. Yo estaba emocionado: me había prometido a mí mismo hacer esta escalada que para mí tiene un valor especial, pues Alberto Rabadá era un buen amigo mío. Nos conocimos en el Pirineo, en un curso de escalada e hicimos una buena amistad. Luego, en otra ocasión, al regreso de una salida al Pirineo, asistí a una conferencia suya en el Club Montañeros de Aragón de Zaragoza; allí nos volvimos a ver e incluso cenamos junto a varios amigos también montañeros, y claro está, se charló mucho de andanzas montañeras. ¿De qué, si no, vamos a hablar los montañeros?
Un tiempo después, Rabadá se puso en comunicación conmigo para que le acompañase a hacer una visita al Naranjo, pues quería abrir una vía en la cara Oeste con su compañero de cordada Ernesto Navarro. Vino a mi casa en Santander y de aquí fuimos a los Picos de Europa en compañía de Jesús Aja, un joven amigo y compañero del Club Alpino Tajahierro.
Cuando llegamos a Espinama ya era tarde. Subimos andando a Aliva y allí dormimos en el viejo Parador de Aliva
Al día siguiente partimos hacia la Vega de Urriello; una vez allí rodeamos el Naranjo y subimos por la directísima de la cara Sur. Rabadá quería conocer la roca; su tacto, su forma y el tipo de adherencia. Era necesario un estudio concienzudo. Después de descender, Rabadá se quedó unos días en la vega de Uriello para seguir estudiando la proyectada escalada. Antes de marchar le propuse que si yo les podría acompañar a la apertura de la vía, pero me contestó que él y Navarro formaban una cordada compacta, estaban muy compenetrados y no les convenía romper su ritmo. Yo lo comprendí y no insistí.
Jesús Aja y yo volvimos a Santander, y unos días más tarde Rabadá y Navarro se presentaron en mi casa con la escalada ya hecha. Me alegré mucho y les di mi más calurosa enhorabuena ¡Había que celebrarlo!
Nos fuimos a la playa a bañarnos, nos hicimos unas fotos y comimos en un restaurante. ¡Era un gran día! La portentosa cara Oeste ya tenía una bellísima vía de escalada de gran dificultad.
La vida de trabajo y de responsabilidades que todos tenemos, me impidió ir a la cara Oeste que yo siempre estaba añorando. Pero por fin, un día de Otoño del año 1.984, me encontraba camino del Naranjo, cuando tenía ya casi cincuenta y ocho años. No era una edad muy apropiada para este tipo de escalada, pero yo iba lleno de entusiasmo. Conmigo venían tres compañeros de la Escuela Nacional de Alta Montaña: José Rubio, Javier Saez y Nicolás. Fuimos a toda marcha hacia la Vega de Uriello; pese a la carga de nuestras mochilas, queríamos llegar pronto para dormir en los Tiros de la Torca. De Horcados Rojos para abajo echamos a correr en una larga carrera hasta la Vega de Urriello y una vez en el Refugio, nos organizamos y preparamos el material y la comida para la mañana temprano.
Después de una inquieta noche desayunamos rápidamente y nos encordamos al pie de la vía. Mil emociones me embargaban. ¿Sería tan difícil que no podría subir? ¿Me agotaría antes de terminar la escalada? No sé cuántas preguntas me haría yo, pero de un plumazo las rechacé todas. He venido a hacer la escalada y no hay más preguntas. Sentía una emoción enorme; por fin iba a hacer la escalada soñada y punto.
Aquí está el primer largo. Era impresionante lo que tenía por encima de mí; roca rojiza, roca amarillenta, roca gris y todo subía y subía. Parecía que iba a llegar al cielo. Ya estoy escalando ¡que roca tan fuerte, noble y compacta y qué presas tan pequeñas!
Primeros metros, una pequeña travesía a la izquierda, unos metros más y ya está aquí el segundo largo; había recuperado la confianza y escalaba con tranquilidad. Este segundo me sorprendió por su extraña dificultad, después de un cortito paso horizontal a la izquierda. Lo siguiente no era muy vertical, pero era extremadamente difícil, de roca marrón con las presas al revés, pulidas en extremo y resbaladizas. Había que subir a toda prisa porque los dedos resbalaban.
Enseguida llegué al tercer largo; aquí está con pasos de la más alta dificultad. Cuando me tocó subir ya había ganado metros más a la derecha en el diedro, y en vez de bajar pedí recoger cuerda y me pasé al centro de la línea de la escalada, pues tenía un estribo colgando que no era nuestro, quizá alguna cordada se lo dejó olvidado o no lo pudieron recuperar. Desde luego lo aproveché aunque yo llevaba el mío y allí lo dejé.
La escalada continuaba bellísima, formidable. Los quintos, sextos grados: todo lo íbamos superando. Estaba disfrutando escalando la vía Rabadá-Navarro abierta por mis amigos aragoneses, que después murieron en el Eiger. Yo estaba superando los pasos con gran esfuerzo, pero la belleza del momento lo merecía. Me parecía que no era real aquel estado de felicidad en aquella bella escalada a mis casi cincuenta y ocho años.
Llegamos al friend empotrado; ya al final del tercer largo, fue imposible de sacar. No importa que se quede, servirá para otras cordadas. Llegamos al final de la lastra soldada, del tercer largo. Ya habíamos superado una de las partes más difíciles de la escalada y ahora teníamos delante el muro que conduce a la "cicatriz". ¡Bonita escalada la de este muro! Un largo difícil pero abierto y franco a su final. A la derecha, un trozo de canalizos verticales, verdaderamente difícil, que superé en libre, y luego la "cicatriz". Un largo precioso de escalada en bavaresa, con roca blanca y áspera con gran adherencia. Disfruté mucho en la cicatriz y ya después escalando fácilmente hasta el vivac en los "Tiros de la Torca". Habíamos llegado con mucho tiempo antes de lo previsto; quizá hubiéramos alcanzado hoy la cumbre, pero queríamos hacer una escalada de disfrutar. Con tranquilidad preparamos nuestro vivac.
Después de una frugal merienda, cuando caía la tarde nos preparamos nuestro dormitorio. Nos habíamos ganado un buen descanso.
Nos instalamos a lo largo de una terraza larga y estrecha. Encordados y asegurados por varias clavijas, nos metimos en los sacos de dormir y tratamos de descansar. Y digo que tratamos de descansar porque sólo dormíamos a ratos. En la magnificencia y el misterio de la noche, cada vez que nos despertábamos veíamos las cimas cercanas, que a la luz de la luna eran de un gris fantasmagórico, como dioses de una feroz pesadilla. Otras, envueltas en nieblas ligeras, brillaban con un color rosa atenuado de una belleza impresionante. La noche fue pasando y de pronto del cielo viene una luz suave ligera; empieza a amanecer. El azul oscuro se va transformando en un azul claro, cuando aún las estrellas no se han marchado; de pronto, en las cimas gris rojizas de las montañas, se enciende una luz que baja de las crestas hasta los jons y todo se vuelve alegre: las grandes paredes sonríen llenas de luz. La noche finaliza y llega un espléndido y alegre amanecer.
Rápidamente desayunamos, reorganizamos la cordada y nos ponemos en marcha hacia la gran travesía. La iniciamos con un largo trozo de la máxima dificultad, un paso horizontal sobre el vacío impresionante. Cuando, me tocó pasar a mí, fui avanzando en horizontal por aquellas presas insignificantes pero seguras; allí no se rompía ni se desconchaba nada. La roca era maciza, se podía uno fiar de la consistencia de aquellas pequeñas presas.
Es admirable el trabajo realizado por Rabadá y Navarro; esta travesía demuestra su tenacidad, su valor y su magnífica técnica. Pasé con relativa facilidad hasta la guitarra, aunque bajé en mi avance un poco más de lo debido y luego me constó bastante recuperar la línea, aunque menos de lo que esperaba. Yo iba de de tercero en la cordada de cuatro, y por supuesto las cosas eran más cómodas que para los dos de delante. Da mucha confianza saber que llevas un primero de cuerda que asegura y guía tu camino.
Es un tramo de escalada muy difícil pero compacto; ya estoy en la guitarra, sobre estribos y dispuesto a hacer el rappel como de 12 a 15 m. que te conduce a la estrecha vira que te lleva en bavaresa a la zona del gran diedro, por un terreno fácil de terrazas. Su escalada es magnífica, absolutamente vertical con buenas presas. Se disfrutaba en aquella roca noble, sobre todo después de los difíciles tramos dejados atrás. Íbamos ganando metros con rapidez y seguridad, en aquella verticalidad tan limpia, tan bella. En el segundo largo de este grandioso diedro me vi comprometido, porque me armé un lío con la máquina de fotos que llevaba en bandolera, problema que solucioné saliéndome más afuera, a la parte más ancha del diedro. Ya en su final, en la cumbre del gran diedro descendimos fácilmente a "Rocasolano", la gran terraza de piedras sueltas, donde descansamos un rato. Este sitio es un formidable mirador sobre aquellas profundidades de Camburero y Bulnes, algo impresionante y de una belleza grandiosa. Superamos los difíciles pasos para alcanzar la arista Norte, de una grandiosidad emocionante y de una dificultad media, con algunos pasos de más dificultad, incluso un pequeño extraplomo.
Escalar aquella arista era como volar sobre los enormes abismos y precipicios de la cara Norte; y ya en la cumbre, abrazos y felicitaciones y una enorme satisfacción por la escalada tan bella y difícil. Creo que no había sido ninguna carga para mis compañeros jóvenes; en ningún momento tuvieron que tirar de la cuerda para ayudarme.
Enseguida el descenso, rápido y volado por la cara Sur. Recogimos las cuerdas al pie de las blancas y grises paredes, y después de una oración de gracias al Señor de las Alturas, nos lanzamos canal de la Celada abajo a toda carrera, hasta el refugio. Comimos lo que nos quedaba, y a pensar en el regreso. Yo empecé a calcular el larguísimo camino que nos quedaba hasta el teleférico, con el tiempo justo casi a la carrera, después de aquella maravillosa escalada. Entonces me dije: “¡Fofo! No merece la pena pegarte un atracón; tú ahora lo que necesitas es tranquilidad y no salir a toda velocidad para llegar a tiempo al teleférico”. Le di a mis compañeros la llave del coche, puesto que tenían más prisa que yo. Por mi parte, volveré tranquilamente y en Fuente De haré autostop. Me senté un rato a descansar y cuando lo creí oportuno, me puse en marcha. El sol activaba el color de las rocas y todo parecía un mundo ideal, con el cielo azul sobre un paisaje rojizo en aquella tarde encalmada. En mi caminar me crucé con otros montañeros por el "Jon sin tierra" y luego por el " Hoyo de los Boches". Los conocía de Santander, nos saludamos y cada uno siguió su camino bajo los últimos rayos de sol de la tarde tranquila, llena de sombras alargadas. El Naranjo, detrás de mí mostraba su cara Oeste, que parecía una gigantesca llama languideciendo con los fulgores de la luz de la tarde que se hundían en la lejana línea del horizonte, ya casi negro. En aquel mundo mineral experimentaba una gran soledad.
Delante de mí, el muro del Collado de Horcados Rojos. Empiezo a trepar siguiendo la línea del cable, y se hace de noche, una noche limpia azulada, con el cielo cuajándose de estrellas que me acompañaban y animaban en mi trepada por los vericuetos del paredón. Me rodeaba un silencio impresionante pero maravilloso, haciéndome sentir como el único habitante de la Tierra. ¿Aparecería algún fantasma en aquel mundo apasionante de sombras negras y aristas brillantes que parecía como si ardiesen en un fuego lento y silencioso, misterioso? Por fin llegué arriba de "Los Horcados Rojos" y ante mí, al Sur se presentaba la cadena del Coriscao cerrando el horizonte. Debajo de su oscura figura, blancas nieblas ocupaban el Valle de Fuente De y en otro perfil más cercano, se podía divisar la cabaña Verónica, recortando su silueta sobre las blancas nieblas con Mariano, su guarda, de pie en una roca contemplando el paisaje. Debería ir a dormir allí, cenar y charlar con Mariano, pero eso supondría un considerable retraso para mi regreso.
Yo bajaba corriendo por el camino y pronto quedó atrás el "cruce de Villa Ratón", "La Fuente de la Vueltona" y enseguida "Covarrores", y a todo correr al Teleférico. Ahora llega lo bueno: ¿dónde duermo yo? Me arrepiento de no haberme quedado en la "cabaña Verónica", pero ya no tiene remedio.
Los montañeros sabemos que en la mayoría de los refugios, siempre hay alguna manera de entrar, pero no veo nada. Fijándome más veo un cristal roto. Muy bien, debían ser las diez y media o las once de la noche, y confío en que podré pasar la noche refugiado. Meto la mano y no alcanzo la falleba de la ventana interior; lo intento varias veces y desisto ante el peligro de cortarme en el brazo. Entonces pongo el saco de dormir en el suelo de cemento en el exterior; al fin y al cabo, una noche así sería una de tantas. Pero una vez tumbado sobre el duro cemento, me pregunté ¿por qué no puedo entrar? Pruebo otra vez y al fin consigo entrar y dormir en una litera cómoda.
Al día siguiente bajé en el teleférico y en "Fuente De" hice autostop hastaTorrelavega; así finalizó mi aventura de la cara Oeste del Naranjo. Me lo debía a mi mismo, desde que acompañé a Rabadá en su toma de contacto inicial con esta montaña mágica. Que descansen en la paz de los montañeros.