6 de Mayo de 1955

6 de Mayo de 1955

domingo, 29 de diciembre de 2024


 

  

El Jisu

(La Arista del Pico Pozán)

 

El Jisu es un audaz cuchillo que se lanza hacia el cielo azul puro de Liébana como una flecha, mostrando al sol su impresionante filo de roca gris clara. Es la arista que mira al valle, que queda allá abajo, muy abajo, con el ambiente encantador de sus pueblos escondidos entre valles llenos de fronda: Bree, Tanarrío, Mogrovejo, etc. 

Hace un día espléndido. Venimos desde el refugio de Áliva, donde hemos pernoctado. Ayer estuvimos en el Valdecoro, bella y fuerte escalada de una verticalidad impresionante, aunque un poco corta. Nuestro objetivo de hoy es el Jiso, con su centelleante filo brillando al sol. Estamos al pie de su base, bajo los 650 metros de roca que se lanzan hacia arriba como para llegar al cielo y visitar a los ángeles. Estamos preparándonos para recorrer ese camino hacia las alturas, nos encordamos con el alma vibrante de emoción y alegría.

La primera parte de la escalada es una gran canal por la que trepamos. Forma un gran escalón con una brecha de cinco largos de cuerda en los cuales hay diversidad de dificultades, incluido un paso de quinto grado como consecuencia de un estrechamiento. Lo demás es fácil, cuarto y tercer grado. Llegamos a la gigantesca canal que separa el Jiso y el Prao Cortés y, por terreno más fácil, nos dirigimos hacia el pie de la verdadera arista. Tenemos más de seiscientos metros de escalada por delante (dejarse llevar por la magia). Hasta ahora hemos subido más de cien metros, y ahora seguimos por unas pendientes herbosas hacia la izquierda y nos ponemos al pie de la arista. Pasos de tercer grado de dificultad antes de la cueva, pasos de cuarto grado… aquí el espolón va afilándose.

(En aquella soledad magnífica estaba muy feliz, en silencio con los primeros resplandores de luz, teníamos delante al gigante que nos ignoraba.)

Los primeros que hicieron esta vía vieron una cueva que queda a la derecha un poco fuera del itinerario, pero nosotros estamos dedicados a la escalada a la que nos enfrentamos y no nos acercamos a visitarla. Conseguimos dominar dos grandes escalones de tercer grado, y ya el primer gran obstáculo de escalada cuarto grado y seguidamente quinto superior en dos largos verticales con pequeños agarres. Hay gran emoción, la roca es buena, excelente la maravillosa caliza de Picos de Europa: placas de roca sana pero difícil, aunque con buenas manos y buena colocación se superan bien. El secreto de la escalada es la colocación apropiada y una buena distribución de los apoyos y los agarres.

Pero no nos entretenemos con problemas de escalada, la progresión es rápida, estamos bien entrenados. Nuestras largas horas de entrenamiento en la zona del faro de Cabo Mayor, cerca de casa, están dando resultados excelentes. Subimos a una buena marcha muy continuada. Llegamos al Faraón, llamado así por una forma de la pared que recuerda a las figuras egipcias.

(Estamos solos, qué maravilla, en aquel mundo grandioso de las montañas, con un paisaje encantador a nuestros pies, y una soledad que no abruma, una soledad que no es soledad, están con nosotros las montañas, el sol, el paisaje…)

Ahora llega una zona de pequeños agarres, cosa muy frecuente en el Jisu, una fina escalada, canalizos y llambrias. Otro largo difícil, ahora la roca es buena (desplegar todas las facultades propias) (la felicidad que el escalador lleva dentro). Aquí tenemos otro largo difícil, diez o doce metros y pasamos a la derecha, saliendo a una plataforma amplia pero muy inclinada. Un largo difícil ligeramente extraplomado, después un bello largo en libre precioso de quinto grado y se llega a un gendarme. Pasamos por su izquierda y aquí, a la altura de las manos una especie de visera al revés, en consecuencia el agarre está al revés. Después llegamos a una plataforma que tiene un mogote situado cerca de la pilastra, y otro largo en libre y escalonado con roca algo descompuesta. Es una escalada magnífica, constantemente varían las situaciones y las características de la roca. Esta vía, a pesar de desarrollarse a lo largo de una arista estrecha, tiene pasos variados y dificultades constantes. Los pasos son de cuarto grado, cuarto superior y quinto, así que la escalada es sostenida, la atención tiene que ser constante y la sensación de estar en el aire está presente en todo momento. Otro largo en libre da paso a otra gran reunión, de la cual partimos con dos clavijas, y nueva reunión en una buena clavija. Se van sucediendo los largos de cuerda con normalidad, otro largo, nueva reunión, y las palabras normales en una escalada: “Tensa cuerda”, “Asegura”, “Recoge cuerda”, “Atención que está difícil”, “Dame cuerda”, “¡Atención, roca descompuesta!”, “¡Esto es la gloria!”, “¡Qué bonita escalada!”….

Descansamos unos instantes, pues vamos a una buena marcha. La sensación de ser como pájaros aquí se siente de verdad, pues volamos por encima de Liébana, que muy por debajo de nosotros luce sus colores y su gentileza como un jardín con su luminosidad y su alegría. Y pienso qué felices podríamos ser los humanos con tantas cosas buenas y bonitas que tenemos tan a mano, como la montaña, el mar, la amistad y el amor, y disfrutarlas sin fastidiar a los demás.

Ahora nos pasamos a la derecha sobre un diedro. Es fuerte, difícil y extraplomado. El resto es libre hasta una reunión cómoda sobre plataformas alargadas y otro largo difícil y vertical, muy aéreo y un tanto extraplomado. A su final se sale por otro diedro hasta una plataforma con una laja grande donde asegurar. A la izquierda una pequeña cavidad podría servir de vivac, aunque veinte metros más arriba hay un sitio mucho mejor. Un nuevo largo difícil y a continuación salida difícil. Aquí la pared es muy lisa y compacta. Se llega a una repisa donde se juntan las dos crestas. Otro largo en libre con salida hacia la derecha pegado al abismo, que aquí ya alcanza una grandeza magnífica. Buena reunión. Seguimos en libre desplazándonos a la izquierda y llegamos a una buena repisa. Salida por la chimenea en un canalizo herboso de la izquierda, con muchos agarres que conduce a una buena reunión con bloques.

Ya estamos terminando. Sigue un largo en libre más difícil que los anteriores a lo largo del espolón para desviarse a la izquierda por llambrias de canalizos. Hay que tener cuidado al hacer esta desviación, pues el terreno está muy extraplomado. Directamente a la derecha se llega a una reunión también de bloques, y por fin un largo en libre nos coloca en el lomo final. Éste nos lleva hasta una reunión a partir de la cual el espolón pierde verticalidad y se transforma en grandes repisas escalonadas por las que podemos subir ensamble. Y ya en la cumbre después de seiscientos treinta metros de escalada, satisfacción y alegría. Cuando se termina una escalada como esta se siente la satisfacción del final del esfuerzo, satisfacción del triunfo difícil, mezclada con pena. Se termina la lucha, pero también se termina el recreo.

La escalada significa una sucesión de batallas con diferentes obstáculos, diferentes formas de roca, diferentes dificultades. Escalas en soledad, porque tus compañeros están cerca pero eres tú quien resuelve tus dificultades con la roca, luchas solo. Aunque, eso sí, estás asegurado por tus compañeros desde abajo o desde arriba. A pesar de todo una caída es una pequeña derrota, y aunque no te hagas daño físico sí que sientes un gran daño moral. Pero la realidad es que caemos muy pocas veces, sobre todo porque confiamos en nuestro material y nuestra técnica, aunque el vacío no se te quita nunca de la mente. Psicológicamente el escalador debe ir tranquilo, luchando sólo con los problemas de escalada, que son como un juego de ajedrez. Luchas en silencio, luchas en soledad cuando tus dedos se incrustan en una grieta, o cuando tu mano se apoya en la áspera roca y tienes ante ti el problema. Hay veces que escalas con continuidad como construyendo un mecano, tratando de que tu mano o tu pie se coloque en el sitio adecuado y conservando un equilibrio que a veces parece imposible. La caliza de Picos de Europa es maravillosa, a veces rojiza, a veces gris, a veces áspera como lija o cortante como un cuchillo, a veces lisa que parece imposible sujetarse en ella, pero siempre bella y atractiva.

domingo, 10 de noviembre de 2024

 RESCATE EN MONTE PERDIDO, julio de 1953

                                     Rodolfo en Candanchú, tres meses antes de los hechos aquí referidos.


En el relato que se acompaña, Rodolfo Amorrortu cuenta en primera persona su actuación en los hechos ocurridos un 21 de julio de 1953, durante la realización de las maniobras de fin de curso de la Escuela Militar de Montaña de Jaca. Durante las citadas maniobras, el día 20 de julio un grupo de profesores y alumnos avanzaron hasta la Plana del Marboré, con objeto de reconocer la posibilidad de que alguna cordada escalase la Cara Norte del Monte Perdido, en tanto que el grueso de la columna atravesaba el Cuello del Cilindro y accedía hasta Góriz. Los profesores de la EMM que lideraban la primera opción eran los capitanes Mateo Grávalos y Daniel Pérez-Santacruz, secundados por los tenientes Emilio Pradillo y Manuel Vicario, en compañía de varios oficiales, suboficiales y miembros de tropa. Acamparon en el Balcón de Pineta, y al día siguiente, el resto de la columna se allegaría hasta el corazón del Marboré desde el fondo del valle del Cinca.

En el informe oficial de los hechos ocurridos, se relata como el día 21, alrededor de las 05:30 h, la Patrulla Grávalos iniciaba la marcha, con el objetivo de escalar la cara norte de Monte Perdido. Después de una trabajosa escalada, ante la amenaza de inminentes desprendimientos debido al mal estado del hielo, decidieron abortar la escalada e iniciaron el descenso, cuando se produjo un alud que arrastró a los capitanes Santa Cruz y Grávalos y a los tenientes Pradillo y Vicario. Enseguida se dio la alarma y se organizó el rescate de las víctimas, en el que tuvo protagonismo destacado Rodolfo Amorrortu.



Rodolfo Amorrortu García

Cabo primero de infantería, diplomado por la Escuela Militar de Montaña como profesor de esquí, escalada y alta montaña.



Yo me había iniciado desde muy joven en el montañismo, la escalada y el esquí, y cuando me llegó el momento de realizar el servicio militar, como no me tocó en África, podía elegir cuerpo, así que envié mi solicitud para ingresar en la Escuela Militar de Montaña de Jaca. Tuvo buena acogida, gracias a mi historial montañero y esquiador. Allí estuve cuatro años antes de volver a mi vida civil, en la que planeaba ejercer mi profesión como profesor de esquí y montaña.


Enseguida hice los cursos de Profesor y Mando de Tropas de Montaña. Después del primer año, empecé a trabajar como profesor, pues mi técnica había mejorado muchísimo y ponía gran empeño. Incluso cuando todo el mundo se retiraba de las pistas yo me quedaba estudiando mis virajes. Después de bajar subía andando, investigando las huellas y mirando donde los cantos trazaban bien y donde los derrapajes eran escasos o excesivos, y observando la cadencia de las curvas. Mi gusto por la enseñanza hacía el resto, y mi afición por la vida montañera me granjeó la simpatía de mis superiores y su aprecio.


Los hechos que voy a relatar acontecieron en julio de 1953, durante una de las grandes marchas que la Escuela Militar de Montaña realizaba todos los años durante el verano: tenían un mes de duración y en ellas los aspirantes a mandos a tropas de montaña recibían la formación imprescindible en las técnicas de esquí, escalada, vivaqueo y supervivencia en alta montaña. Yo tenía la graduación de cabo primero, y ya había hecho los cursos de profesor de esquí y escalada, por lo que ejercía de instructor de los alumnos, que podían ser oficiales y suboficiales con rango superior al mío.


Después de una jornada de marcha, dormimos en una campa cerca de la Ermita de Pineta. El rumor del río armonizaba con el ambiente encantador, como un paraíso. Amaneció con una explosión de luces una mañana limpia, luminosa y llena de poesía. Arriba y a la izquierda se podía ver la cadena de Monte Perdido, y enfrente la gran muralla del fondo del valle, por donde discurre la fantástica senda que nos conduciría al circo de Marbore y Tuca Roya, escenarios de nuestros futuros entrenamientos.


El río tenía el fresco aroma de los torrentes de montaña y los rayos del sol, jugando entre la fronda, formaban una paleta de luminosos verdes. Yo estaba sentado en el suelo sobre la yerba junto a mi compañero Juan Nubiola, de la cordada en la Compañía de esquiadores y escaladores, cuando aparecieron los capitanes Grávalos y Santa Cruz y los tenientes Pradillo y Vicario, equipados como para una gran escalada. Alguien nos dijo que se iban a la cara norte de Monte Perdido. Pensé que era una gozada salir ahora y hacer esa difícil ascensión, subir por aquellas paredes y crestas heladas, bellas y airosas. Tuve la tentación de pedirles que nos invitasen a Juan Nubiola y a mí a acompañarles, pero finalmente no me atreví: había demasiada distancia jerárquica entre dos simples cabos primeros y unos oficiales. Además, quizá no entrase en sus cálculos ampliar la cordada; siempre me quedó la duda de que probablemente nos hubiesen aceptado con gusto. Al fin y al cabo, Nubiola y yo teníamos un cierto prestigio como escaladores en la Escuela Militar de Montaña. Con ellos salió un grupo de oficiales de los cursos como acompañantes visuales y de posible ayuda. El resto del día lo pasamos de descanso.


A la mañana siguiente, día 21 de julio, la columna se puso en marcha: un grupo de alumnos de los cursos y un pelotón de la compañía de esquiadores, entre los que nos encontrábamos Nubiola y yo, que salimos en cabeza como vanguardia ligera. Todo aquel paisaje era nuevo para mí, sentía en mi interior una gran alegría ¿qué más podía desear un acérrimo montañero? Y aunque estaba encajado en una unidad de combate me sentía libre y absorto, como encantado y disfrutando del sol, el cielo azul y el paisaje lleno de luz y de colores que hacía que mi alma volara en una romántica libertad. Nos acompañaba el ruido del torrente que caía desde más de mil más arriba por el muro del fondo de Pineta; era una fuerza impresionante, un ruido atronador, Si alguien hubiese caído allí habría sido inmediatamente destrozado por aquel potentísimo ariete de agua que pulverizaba todo lo que tenía por delante.


Íbamos subiendo por aquel largo camino que trepaba por los recovecos de la montaña y el valle se enturbiaba por unas nieblas transparentes que daban mayor encanto a aquellas laderas de pinos y cumbres blancas, con la promesa de magníficas escaladas a través las crestas de hielo y rocas plagadas de rutas emocionantes.


De pronto, bastantes tramos más arriba, divisamos a unos alumnos de los cursos que bajaban tan precipitadamente que a cada momento se caían, y lanzaban gritos de alarma y atención. Sorprendidos y preocupados, nos lanzamos camino arriba, cortando tramos hasta encontrarnos con ellos. Con voces alteradas nos dijeron que la cordada de Grávalos, Santa Cruz, Pradillo y Vicario había caído con un alud al derrumbarse la cascada de serac, que dos de ellos habían quedado colgando a media pared de hielo y que necesitaban ayuda urgentísima.


Ante tal situación había que tomar decisiones inmediatas; primero, envié a los soldados que nos acompañaban por material de escalada a la compañía de esquiadores que subía cerca de nosotros; después echamos a correr camino arriba. Llegamos a una gran extensión glaciar, que se abría ante nuestros ojos como en un relato fantástico. Aquel no era momento para contemplaciones: el lugar del accidente, la cara norte de Monte Perdido con su gigantesco desplome estaba a la vista, su cascada de hielo era un desplome, como una gigantesca visera que sobresalía varios metros de la vertical. A medida que nos acercábamos, su altura crecía y crecía, y se escuchaba un impresionante crujido del coloso de hielo: caían bloques continuamente, y sus estallidos al chocar entre creaban un sonido espeluznante, llegando a ahogar el ruido del agua que corría en su interior.


Subíamos a la carrera por la pendiente de nieve hacia el lugar del accidente; ya se oían los gritos estremecedores del capitán Grávalos que colgaba cabeza abajo dejando un lúgubre reguero de sangre que se deslizaba por la pared blanca. Aquella visión fue aterradora. Allí estaba Grávalos. No sólo era mi capitán sino un buen amigo.


Con el alma acongojada pensaba que tardaríamos mucho en llegar hasta él... También al pie de la pendiente, y un tanto alejados del peligro de otros desprendimientos inmediatos estaban los tenientes Pradillo y Vicario, semienterrados entre los bloques del alud. Me quedé espantado al verlos, Pradillo tenía un aspecto terrible, con la frente partida y la cara llena de sangre que teñía su anorak blanco. Estaba medio tumbado entre los bloques de hielo, a unos dos metros yacía Vicario, enterrado hasta las caderas y con una de ellas rota. Todo aquello era un revoltijo de bloques, cuerdas, sangre y escaladores en un cuadro impresionante que nunca podré olvidar. En seguida me fijé que un cabo de cuerda desaparecía enterrado entre la nieve y pensé que al extremo de aquel cabo tenía que estar el capitán Santa Cruz, pues no se le veía por ningún sitio. Entre tanto, había llegado más gente de la escuela, oficiales y suboficiales de los cursos y los soldados de la compañía de esquiadores con material de escalada que nos iba a ser muy necesario.


Así que mandé a los soldados que quitasen los bloques de alrededor de los heridos pero sin tocarlos. Inmediatamente el teniente Vicente (compañero de muchas escaladas) y yo formamos cordada y salimos dispuestos a todo, con tal de sacar de allá arriba al capitán Grávalos. Teníamos mucha prisa por subir sin perder un instante, y ya estábamos provistos de todo el material que nos habían traído los cursillistas. Salimos a todo correr hacia arriba, y pronto llegamos al pie de la pared de hielo. Nos encordamos, pusimos los crampones y me lancé en cabeza a través de una fisura entre la roca y el hielo, que era más bien como una gigantesca laja de hielo pegada a la pared. Escalaba con verdadera furia, con el objetivo de llegar al gran desplome y hacer un paso horizontal hacia la izquierda, por debajo de la gran visera bajo la que estaba el capitán, no sabíamos si vivo o muerto. Fue un largo de cuerda difícil y muy peligroso, aunque en aquel momento no me daba cuenta de las dificultades: trepábamos con rapidez, mordiendo con los crampones, unas veces clavándolos en el hielo y otras oyéndolos chirriar sobre la roca, a golpes de piolet, arañando con las manos desnudas donde podíamos. Nos mojaba el agua del deshielo, que caía por doquier bajo el siniestro, feo y enorme techo Era una lluvia helada que en un momento nos caló la escasa ropa que llevábamos, solamente una camisa de soldado y el pantalón corto. El agua se deslizaba ladinamente por las manos y los brazos metiéndose entre la ropa y la piel causando un frío glacial, que con el uniforme mojado mermaba nuestras facultades. Continuamente caían bloques de todos los tamaños, rebotando y chocando con todo y partiéndose en mil pedazos. Era un espectáculo aterrador, pero había que subir a toda costa pese a todos los peligros porque allí estaba nuestro capitán necesitando nuestra ayuda. Y como música de fondo de aquel infierno, el crujido del glaciar que parecía se iba a derrumbar de un momento a otro. Aquello era de locos, escalar en aquellas condiciones...Pero ahí arriba estaba el capitán ¿vivo todavía?


Dejé atrás la laja y seguí escalando; detrás de mí, el teniente Vicente aseguraba nuestra marcha feroz; de repente oí su voz (debilitada por los potentes crujidos del glaciar, el agua que caía y el estampido de los bloques que se estrellaban) anunciándome el final de la cuerda; había que parar y crear un punto de seguro. Puse una clavija, y en el momento en que me incliné para recoger cuerda y asegurar la subida del teniente Vicente, me llevé una terrible y siniestra sorpresa: debajo de mí y a pocos metros asomaba un brazo y la espalda de alguien que yo no había visto. Me encontraba situado más a la izquierda cuando empecé a escalar, después las exigencias del propio terreno me habían obligado a subir en diagonal hacia la derecha, de tal manera que quedé unos metros por encima de aquel espantoso espectáculo. Con horror vi que se trataba del capitán Santa Cruz. Estaba encajado en la pared de hielo, con la cara hacia dentro, mostrando su espalda y un brazo hacia detrás señalando al abismo, todo él rodeado de sangre. La visión era dolorosa e impresionante.


Santa Cruz era nuestro capitán médico, y verlo en aquellas condiciones era terrible; pero no tenía que dejarme impresionar, había que actuar. Comuniqué el macabro hallazgo y monté un rapel para descender hasta el accidentado. Cuando llegué a su lado vi que estaba totalmente destrozado. Pienso que debió caer mezclado con el alud, y una repisa lo detuvo provocando que todos los bloques chocaran contra él aplastándolo y semienterrándolo. A golpes de piolet lo fui sacando, haciendo hueco a su alrededor; me iba dando cuenta de que no tenía un hueso entero. Al tomarlo en brazos, me pareció como si fuese un muñeco de gelatina bañado en sangre: su estatura se había reducido a la mitad. Como pude, pasé una cuerda alrededor de su cuerpo y lo fui dejando bajar hasta donde estaba el teniente Vicente. Enseguida descendí yo, y justo entonces allí llegó el comandante capellán. Bajo el fuerte sol, junto a las rocas rojizas, ignorando el rugido del glaciar, le dio los últimos auxilios espirituales. Este fue un momento emocionante que se me quedó grabado para siempre y aún hoy me llena los ojos de lágrimas.


Alguien dio la orden de apartarse de la zona de posible caída de seracs, que era un largo muro de roca coronado en toda su longitud por otro muro de hielo de muchos metros de altura. Aquello metía miedo en el alma del más valiente. Todos los jefes y oficiales, y la cordada del teniente Vicente y yo fuimos llamados, y se hizo un consejo para decidir lo que procedía hacer en los siguientes momentos. No sabía muy bien qué hora era, quizás las dos... Había que contar el tiempo que nos quedaba, pues nos esperaba una tarea larga y difícil y había peligro de derrumbamientos. Aunque lucía el sol y el cielo estaba despejado, nosotros no recibíamos sus gratificantes caricias, ya que estábamos en la tenebrosa cara Norte. En ese momento, el principal objetivo era sacar de allí al capitán Grávalos, que no sabíamos en qué estado estaba pero ¿cómo actuar? El derrumbamiento de la enorme visera de hielo era inminente, podía caer de un momento a otro y todos los que estábamos allí no podríamos librarnos de ser victimas de una gigantesca catástrofe. Todo esto provocaba un estado de ánimo difícil de dominar.


Entre todos los mandos presentes, yo era el único de graduación inferior, un simple cabo primero, pero no pude dejar de dar mi opinión. “Si creemos que el capitán está vivo todavía, no lo vamos a dejar morir. Hay que actuar sin pérdida de tiempo”. A pesar de que estábamos casi seguros de que ya estaría muerto, se decidió pasar al ataque. De nuevo el teniente Vicente y yo partimos encordados hacia arriba, atravesamos el muro de roca y hielo y nos adentramos debajo del gran techo crujiente, azulado y lleno de grietas. Cerca de nosotros venía una cordada encabezada por el capitán Castellanos, pero un sargento componente de la cordada cayó, dio un gran péndulo lesionándose ferozmente, con lo cual tuvieron que retirarse.


Había que intentarlo todo. Se unió a nosotros el teniente Rizzi, de los alpinos italianos, que quiso participar en el rescate y pidió pasar en cabeza en el corto paso horizontal que nos separaba de Grávalos, pues nos dijo que era especialista en escalada en hielo. De mala gana tuve que obedecer, ya que yo también había hecho cursos de hielo y muchas escaladas invernales en los Picos de Europa. Me sentía muy capaz de realizar el rescate, pero una orden es una orden y más en aquellas circunstancias.


La situación era la siguiente: mirando al abismo y a nuestra derecha, había un lomo de hielo de bastante pendiente que parecía sujetar un tanto precariamente todo el techo que teníamos encima, y a pocos metros, al otro lado del mencionado lomo, estaba el capitán según habíamos visto desde abajo. Nos aseguramos con los piolets metidos en las grietas del suelo de hielo debajo del gran techo, y el teniente Ricci fue pasando en horizontal, clavando las puntas delanteras de los crampones en la pendiente helada. Nuestra idea era montar un pasamanos para traer a Grávalos hacia nosotros.

Aún no habíamos terminado su montaje cuando la gran masa de hielo acumulada sobre el largo muro de roca que estaba a nuestra izquierda se desplomó con un terrorífico estruendo. El bestial alud se precipitó sobre la zona en la que poco antes nos habíamos reunido para tomar decisiones el grupo de diez o doce personas entre oficiales, profesores y unos cuantos soldados de la compañía de esquiadores. Todos habríamos sido barridos sin piedad, de haberse producido el desprendimiento un poco antes. Fue un momento de terror. Gracias a Dios, un momento antes habían dado la orden de desalojar aquella zona tan peligrosa. En nuestra cordada estábamos asustados, pues si aquel monstruo vertical había caído, el que estaba encima de nosotros, que era extraplomado y crujía sin cesar tenía todo el aspecto de caernos encima. Durante unos segundos nos encogimos aterrados; había que darse prisa si queríamos salir vivos de allí.


Enseguida quedó montado el pasamanos por el lado del teniente Rizzi y por el nuestro, así que comunicándonos a voces fuimos recogiendo cuerda, asegurando cara al vacío hasta ver aparecer balanceándose y chocando contra la pared el cuerpo mortificado del capitán; no reaccionaba porque estaba muerto hacía ya varias horas. Ante la tétrica visión sentimos una profunda pena. Mi corazón lloraba después de tantas horas de esfuerzo y riesgo al ver tan triste final. Los sollozos me subían por la garganta, no podía creer que ese cuerpo desmadejado que estábamos atrayendo hacia nosotros fuera nuestro capitán, amigo de todos, fuerte y valiente, amable; ahora no tenía vida, ni siquiera sangraba por las numerosas heridas, tal como había visto por la mañana al llegar al lugar del suceso.


“¡Mire mi teniente! ya tenemos al capitán.” Era todo cuanto yo podía decir, si exteriorizaba mis sentimientos era para apagar mi pena, y el teniente estaba tan emocionado que tampoco podía decir nada y solo me ayudaba a recoger cuerda que rezumaba agua en nuestras manos. Cuando regresó Rizzi del otro lado del pasamanos recuperamos la cuerda del mismo. Temblábamos de frío y congoja cuando el teniente Vicente, mi formidable compañero de cordada, lleno de valentía y humanidad nos dio al teniente Rizzi y a mí unos golpecitos en la espalda y dijo con voz velada que no era momento para llorar; tenía razón, había que salir de aquel infierno y empezar a bajar pues ya todo estaba hecho y había que evitar mas desgracias todavía. Bajo la amenaza de desplome, montamos unas cuerdas y bajamos al capitán con gran cuidado hasta el pie de la pared, donde ya había gente esperando para hacerse cargo de su cuerpo. Seguidamente, montamos nuestro rapel y descendimos. Echamos a correr por la pendiente de rocas y nieve, arrastrando las cuerdas empapadas hasta caer en brazos de nuestros compañeros: oficiales, profesores, alumnos y soldados, todos habían trabajado y puesto su parte de colaboración y esfuerzo.


Según bajaba corriendo, me di cuenta de que no me había quitado los crampones, así que me senté en el suelo para quitármelos pero me fue imposible. Mis manos estaban tan heladas que no podían soltar las cintas. Me quedé sentado en el suelo con la cabeza entre las rodillas, estaba agotado. De pronto apareció un capitán amigo, que me soltó los crampones y me prestó un jersey y unas palabras de aliento. En ese momento estaba cayendo sobre mi todo el peso de un día duro, de darlo todo por una buena causa. Oía voces a mi alrededor pero seguía viendo como en sombras la película del día, el cuerpo destrozado de Santa Cruz y allá arriba a Grávalos pendiendo de la cuerda como un muñeco desvalido mientras le bajábamos del hielo.

“¡Rodolfo, vamos para abajo!” oía como en sueños; no se ni quién era, quizá el teniente Vicente, ya todo era una nebulosa para mi. Mientras bajábamos un rato juntos fuimos comentando lo terrible que había sido la jornada. Mas abajo me encontré con dos guardias civiles que me saludaron con gran respeto, yo les miré y no les dije nada, por lo visto me conocían; les dirigí una sonrisa y un saludo y seguí bajando triste y silencioso, tropezando con las piedras a cada momento. Antes de abordar el camino para bajar al valle de Pineta dirigí una mirada al colgante glaciar siniestro y feo con la luz declinante de la tarde; todavía era de día pero ya no había sol, era como un monstruo agazapado que miraba con ansia a los que tuvimos la suerte de salir vivos aquel día. Mas abajo iba un grupo con el cadáver del capitán Grávalos metido en un saco de dormir y atado en un palo de camilla con tres o cuatro piolets atravesados para facilitar el transporte. Me incorporé a ellos para ayudar en algo pero me dijeron “Rodolfo, tu vete para abajo que ya has hecho bastante”. ¡No insistí!, estaba tan cansado, me sentía muy triste. Iba por el camino como un autómata.


Pero hube de despertar pronto: desde lo alto caía una gran piedra dando saltos y amenazando con llevarse por delante al grupo de los cursos que iban mas abajo. En efecto, cayó entre ellos y pegó contra un sargento un feroz golpe en la cadera y en la pierna. Fui corriendo a auxiliarle, casi no podía andar. Entretanto, sus compañeros al ver que yo le socorría siguieron deprisa hacia abajo y aunque de vez en cuando nos miraban seguían su rauda bajada, así que todo el rato estábamos rezagados y solos.


No voy a extenderme mucho en la descripción de esta penosa bajada al valle de Pineta, solo, con el lesionado colgado de mí por aquel camino interminable (casi 1.000 m. de desnivel). Fue como una lenta agonía; enseguida se hizo de noche y el tormento creció con la oscuridad: los tropezones y las caídas aumentaron. Este sargento alumno que yo llevaba tenía compañeros cuya obligación habría sido ocuparse de él y no desentenderse, se quejaba y yo no podía hacer por él mas de lo que estaba haciendo. Al fin llegamos a la base del camino, todavía quedaba un trecho muy largo hasta el campamento. Después de una gran zona pedregosa, llegamos al río. Alguien pasó por nuestro lado, nos dio unas palabras de ánimo pero no se quedó a ayudarnos. La sensación de soledad y abandono quebró mi ya delicado ánimo “¿Pero qué pasa aquí, nadie me ayuda?” No encontraba el puente para cruzar el río ¿dónde estaría el maldito puente? Como no lo encontraba, me eché encima al sargento y me metí de patitas en el agua, que me llegaba por los muslos, sin descalzarme ni quitarme el pantalón, y así lo atravesé con el herido encima.


A pesar del tormento que estaba padeciendo, fui consciente de que hacía una noche maravillosa, llena de estrellas que brillaban entre los árboles. Mientras caminaba, pensaba en Pradillo y Vicario, que hacía rato estarían atendidos en el campamento y en Grávalos y Santa Cruz, volando hacia ese cielo estrellado que tenía sobre mi cabeza.


Ya estaba cerca... ¡Dios, cuánto te agradezco que me hayas ayudado a llegar hasta aquí! Se oían voces y se veían luces, unas sombras se acercaban “¡Gracias!” Cogieron al sargento y se lo llevaron, “¡Ánimo Rodolfo, ya has llegado!” Sí, había llegado y me sentía compensado de las penalidades pasadas, pensaba lo bien que se está entre amigos que te aprecian. Me abrazaron, me quitaron la mochila, no tenía idea de qué habría sido de mi cuerda y mi piolet, quizá estuvieran en alguna grieta de las fauces del glaciar o abandonados entre las rocas. Enseguida mi capitán me trajo un bocadillo: dando las gracias me senté en el suelo y empecé a comer... Y ya no recuerdo más. Cuando me desperté, el sol brillaba en todo su esplendor llenando el valle de luces y colores; una mano generosa me había echado una manta por encima ¡me había quedado dormido mientras comía! Me levanté rápidamente pues todo se estaba disponiendo para la marcha y pronto la triste caravana emprendió el camino hacia Jaca.


Terrible día para todos, un día de esfuerzo y peligro continuado. Primero escalar para sacar de allí al capitán Santa Cruz, después subir de nuevo para recoger al capitán Grávalos; bajarlo fue una operación penosa y peligrosa bajo el rugiente glaciar, y para terminar bajar materialmente colgado de mí al sargento de los cursos. Fue un día difícil de olvidar.


Y llegó el día que me licencié y volví a casa provisto de un buen bagaje de conocimientos y una cruz al mérito militar con distintivo blanco por acciones de salvamento muy arriesgadas allí realizadas. Yo volvía con mi título de profesor de esquí y montaña, me proponía enseñar a esquiar en nuestra naciente estación de esquí, quería hacer muchos y buenos esquiadores.


Han pasado muchos años y he subido muchas montañas pero a pesar de las promesas que me hice de volver a subir el camino de Pineta es algo que no he podido realizar, aunque sí volví a escalar la norte del Perdido subiendo desde Goriz. El glaciar ya no era ni la sombra de lo que fue entonces, el retroceso de las nieves lo había dejado al mínimo: solo al principio una pendiente de 15 o 20 metros de hielo puro bastante vertical y después pendientes de nieve y rocas con alguna franjita de hielo, pero nada más. Aunque mantenía su pendiente salvaje.


Sé que hay en el balcón de Pineta una gran cruz metálica dedicada a ellos, que llaman "la cruz de los capitanes". Quisiera subir por el camino desde el valle, abrazarla y rezar por ellos; no se si podré reprimir un sollozo cuando esto ocurra.




Rodolfo Amorrortu García, cabo primero de infantería, diplomado por la Escuela Militar de Montaña como profesor de esquí, escalada y alta montaña.

lunes, 21 de octubre de 2024

 

El texto siguiente es un relato del montañero cántabro Rodolfo Amorrortu, donde recuerda la subida que hizo al Naranjo con Alberto Rabadá en julio de 1962, como inicial toma de contacto toma de contacto con la montaña en la que poco después, en agosto del 62, la mítica pareja hiciese la escalda con la que abrieron la vía de la cara oeste. A continuación, Rodolfo hace un relato apasionante de la escalada por esa vía que hizo en 1984, con casi 58 años, en compañía de tres jóvenes y experimentados montañeros.


Alberto Rabadá y Ernesto Navarro han sido una de las cordadas más importantes de la historia de la escalada en España. Fueron quienes consiguieron el 21 de Agosto de 1962 realizar el primer itinerario de escalada en una pared considerada hasta el momento como imposible, la Cara Oeste del Naranjo de Bulnes o Picu Urriellu. La Rabadá-Navarro a la cara oeste del Naranjo es probablemente la vía de escalada más famosa de nuestro país. Todos los escaladores sueñan con surcar esta línea alguna vez en su vida. La historia de la cordada Rabadá-Navarro, o Navarro-Rabadá (como firman en la cima del Naranjo tras ascender su cara oeste) es muy breve: son solo cuatro años desde su primera apertura (1959) hasta su trágica desaparición (15 agosto 1963) en la norte del Eiger.






Por Rodolfo Amorrortu



Naranjo de Bulnes, julio de 1962

Ya estamos al pie de la brava cara Oeste del Naranjo de Bulnes, donde empieza la vía Rabadá-Navarro. Yo estaba emocionado: me había prometido a mí mismo hacer esta escalada que para mí tiene un valor especial, pues Alberto Rabadá era un buen amigo mío. Nos conocimos en el Pirineo, en un curso de escalada e hicimos una buena amistad. Luego, en otra ocasión, al regreso de una salida al Pirineo, asistí a una conferencia suya en el Club Montañeros de Aragón de Zaragoza; allí nos volvimos a ver e incluso cenamos junto a varios amigos también montañeros, y claro está, se charló mucho de andanzas montañeras. ¿De qué, si no, vamos a hablar los montañeros?


Un tiempo después, Rabadá se puso en comunicación conmigo para que le acompañase a hacer una visita al Naranjo, pues quería abrir una vía en la cara Oeste con su compañero de cordada Ernesto Navarro. Vino a mi casa en Santander y de aquí fuimos a los Picos de Europa en compañía de Jesús Aja, un joven amigo y compañero del Club Alpino Tajahierro.

Cuando llegamos a Espinama ya era tarde. Subimos andando a Aliva y allí dormimos en el viejo Parador de Aliva

Al día siguiente partimos hacia la Vega de Urriello; una vez allí rodeamos el Naranjo y subimos por la directísima de la cara Sur. Rabadá quería conocer la roca; su tacto, su forma y el tipo de adherencia. Era necesario un estudio concienzudo. Después de descender, Rabadá se quedó unos días en la vega de Uriello para seguir estudiando la proyectada escalada. Antes de marchar le propuse que si yo les podría acompañar a la apertura de la vía, pero me contestó que él y Navarro formaban una cordada compacta, estaban muy compenetrados y no les convenía romper su ritmo. Yo lo comprendí y no insistí.


Jesús Aja y yo volvimos a Santander, y unos días más tarde Rabadá y Navarro se presentaron en mi casa con la escalada ya hecha. Me alegré mucho y les di mi más calurosa enhorabuena ¡Había que celebrarlo!


Nos fuimos a la playa a bañarnos, nos hicimos unas fotos y comimos en un restaurante. ¡Era un gran día! La portentosa cara Oeste ya tenía una bellísima vía de escalada de gran dificultad.


La vida de trabajo y de responsabilidades que todos tenemos, me impidió ir a la cara Oeste que yo siempre estaba añorando. Pero por fin, un día de Otoño del año 1.984, me encontraba camino del Naranjo, cuando tenía ya casi cincuenta y ocho años. No era una edad muy apropiada para este tipo de escalada, pero yo iba lleno de entusiasmo. Conmigo venían tres compañeros de la Escuela Nacional de Alta Montaña: José Rubio, Javier Saez y Nicolás. Fuimos a toda marcha hacia la Vega de Uriello; pese a la carga de nuestras mochilas, queríamos llegar pronto para dormir en los Tiros de la Torca. De Horcados Rojos para abajo echamos a correr en una larga carrera hasta la Vega de Urriello y una vez en el Refugio, nos organizamos y preparamos el material y la comida para la mañana temprano.


Después de una inquieta noche desayunamos rápidamente y nos encordamos al pie de la vía. Mil emociones me embargaban. ¿Sería tan difícil que no podría subir? ¿Me agotaría antes de terminar la escalada? No sé cuántas preguntas me haría yo, pero de un plumazo las rechacé todas. He venido a hacer la escalada y no hay más preguntas. Sentía una emoción enorme; por fin iba a hacer la escalada soñada y punto.


Aquí está el primer largo. Era impresionante lo que tenía por encima de mí; roca rojiza, roca amarillenta, roca gris y todo subía y subía. Parecía que iba a llegar al cielo. Ya estoy escalando ¡que roca tan fuerte, noble y compacta y qué presas tan pequeñas!


Primeros metros, una pequeña travesía a la izquierda, unos metros más y ya está aquí el segundo largo; había recuperado la confianza y escalaba con tranquilidad. Este segundo me sorprendió por su extraña dificultad, después de un cortito paso horizontal a la izquierda. Lo siguiente no era muy vertical, pero era extremadamente difícil, de roca marrón con las presas al revés, pulidas en extremo y resbaladizas. Había que subir a toda prisa porque los dedos resbalaban.

Enseguida llegué al tercer largo; aquí está con pasos de la más alta dificultad. Cuando me tocó subir ya había ganado metros más a la derecha en el diedro, y en vez de bajar pedí recoger cuerda y me pasé al centro de la línea de la escalada, pues tenía un estribo colgando que no era nuestro, quizá alguna cordada se lo dejó olvidado o no lo pudieron recuperar. Desde luego lo aproveché aunque yo llevaba el mío y allí lo dejé.


La escalada continuaba bellísima, formidable. Los quintos, sextos grados: todo lo íbamos superando. Estaba disfrutando escalando la vía Rabadá-Navarro abierta por mis amigos aragoneses, que después murieron en el Eiger. Yo estaba superando los pasos con gran esfuerzo, pero la belleza del momento lo merecía. Me parecía que no era real aquel estado de felicidad en aquella bella escalada a mis casi cincuenta y ocho años.


Llegamos al friend empotrado; ya al final del tercer largo, fue imposible de sacar. No importa que se quede, servirá para otras cordadas. Llegamos al final de la lastra soldada, del tercer largo. Ya habíamos superado una de las partes más difíciles de la escalada y ahora teníamos delante el muro que conduce a la "cicatriz". ¡Bonita escalada la de este muro! Un largo difícil pero abierto y franco a su final. A la derecha, un trozo de canalizos verticales, verdaderamente difícil, que superé en libre, y luego la "cicatriz". Un largo precioso de escalada en bavaresa, con roca blanca y áspera con gran adherencia. Disfruté mucho en la cicatriz y ya después escalando fácilmente hasta el vivac en los "Tiros de la Torca". Habíamos llegado con mucho tiempo antes de lo previsto; quizá hubiéramos alcanzado hoy la cumbre, pero queríamos hacer una escalada de disfrutar. Con tranquilidad preparamos nuestro vivac.


Después de una frugal merienda, cuando caía la tarde nos preparamos nuestro dormitorio. Nos habíamos ganado un buen descanso.


Nos instalamos a lo largo de una terraza larga y estrecha. Encordados y asegurados por varias clavijas, nos metimos en los sacos de dormir y tratamos de descansar. Y digo que tratamos de descansar porque sólo dormíamos a ratos. En la magnificencia y el misterio de la noche, cada vez que nos despertábamos veíamos las cimas cercanas, que a la luz de la luna eran de un gris fantasmagórico, como dioses de una feroz pesadilla. Otras, envueltas en nieblas ligeras, brillaban con un color rosa atenuado de una belleza impresionante. La noche fue pasando y de pronto del cielo viene una luz suave ligera; empieza a amanecer. El azul oscuro se va transformando en un azul claro, cuando aún las estrellas no se han marchado; de pronto, en las cimas gris rojizas de las montañas, se enciende una luz que baja de las crestas hasta los jons y todo se vuelve alegre: las grandes paredes sonríen llenas de luz. La noche finaliza y llega un espléndido y alegre amanecer.


Rápidamente desayunamos, reorganizamos la cordada y nos ponemos en marcha hacia la gran travesía. La iniciamos con un largo trozo de la máxima dificultad, un paso horizontal sobre el vacío impresionante. Cuando, me tocó pasar a mí, fui avanzando en horizontal por aquellas presas insignificantes pero seguras; allí no se rompía ni se desconchaba nada. La roca era maciza, se podía uno fiar de la consistencia de aquellas pequeñas presas.


Es admirable el trabajo realizado por Rabadá y Navarro; esta travesía demuestra su tenacidad, su valor y su magnífica técnica. Pasé con relativa facilidad hasta la guitarra, aunque bajé en mi avance un poco más de lo debido y luego me constó bastante recuperar la línea, aunque menos de lo que esperaba. Yo iba de de tercero en la cordada de cuatro, y por supuesto las cosas eran más cómodas que para los dos de delante. Da mucha confianza saber que llevas un primero de cuerda que asegura y guía tu camino.

Es un tramo de escalada muy difícil pero compacto; ya estoy en la guitarra, sobre estribos y dispuesto a hacer el rappel como de 12 a 15 m. que te conduce a la estrecha vira que te lleva en bavaresa a la zona del gran diedro, por un terreno fácil de terrazas. Su escalada es magnífica, absolutamente vertical con buenas presas. Se disfrutaba en aquella roca noble, sobre todo después de los difíciles tramos dejados atrás. Íbamos ganando metros con rapidez y seguridad, en aquella verticalidad tan limpia, tan bella. En el segundo largo de este grandioso diedro me vi comprometido, porque me armé un lío con la máquina de fotos que llevaba en bandolera, problema que solucioné saliéndome más afuera, a la parte más ancha del diedro. Ya en su final, en la cumbre del gran diedro descendimos fácilmente a "Rocasolano", la gran terraza de piedras sueltas, donde descansamos un rato. Este sitio es un formidable mirador sobre aquellas profundidades de Camburero y Bulnes, algo impresionante y de una belleza grandiosa. Superamos los difíciles pasos para alcanzar la arista Norte, de una grandiosidad emocionante y de una dificultad media, con algunos pasos de más dificultad, incluso un pequeño extraplomo.


Escalar aquella arista era como volar sobre los enormes abismos y precipicios de la cara Norte; y ya en la cumbre, abrazos y felicitaciones y una enorme satisfacción por la escalada tan bella y difícil. Creo que no había sido ninguna carga para mis compañeros jóvenes; en ningún momento tuvieron que tirar de la cuerda para ayudarme.



Enseguida el descenso, rápido y volado por la cara Sur. Recogimos las cuerdas al pie de las blancas y grises paredes, y después de una oración de gracias al Señor de las Alturas, nos lanzamos canal de la Celada abajo a toda carrera, hasta el refugio. Comimos lo que nos quedaba, y a pensar en el regreso. Yo empecé a calcular el larguísimo camino que nos quedaba hasta el teleférico, con el tiempo justo casi a la carrera, después de aquella maravillosa escalada. Entonces me dije: “¡Fofo! No merece la pena pegarte un atracón; tú ahora lo que necesitas es tranquilidad y no salir a toda velocidad para llegar a tiempo al teleférico”. Le di a mis compañeros la llave del coche, puesto que tenían más prisa que yo. Por mi parte, volveré tranquilamente y en Fuente De haré autostop. Me senté un rato a descansar y cuando lo creí oportuno, me puse en marcha. El sol activaba el color de las rocas y todo parecía un mundo ideal, con el cielo azul sobre un paisaje rojizo en aquella tarde encalmada. En mi caminar me crucé con otros montañeros por el "Jon sin tierra" y luego por el " Hoyo de los Boches". Los conocía de Santander, nos saludamos y cada uno siguió su camino bajo los últimos rayos de sol de la tarde tranquila, llena de sombras alargadas. El Naranjo, detrás de mí mostraba su cara Oeste, que parecía una gigantesca llama languideciendo con los fulgores de la luz de la tarde que se hundían en la lejana línea del horizonte, ya casi negro. En aquel mundo mineral experimentaba una gran soledad.


Delante de mí, el muro del Collado de Horcados Rojos. Empiezo a trepar siguiendo la línea del cable, y se hace de noche, una noche limpia azulada, con el cielo cuajándose de estrellas que me acompañaban y animaban en mi trepada por los vericuetos del paredón. Me rodeaba un silencio impresionante pero maravilloso, haciéndome sentir como el único habitante de la Tierra. ¿Aparecería algún fantasma en aquel mundo apasionante de sombras negras y aristas brillantes que parecía como si ardiesen en un fuego lento y silencioso, misterioso? Por fin llegué arriba de "Los Horcados Rojos" y ante mí, al Sur se presentaba la cadena del Coriscao cerrando el horizonte. Debajo de su oscura figura, blancas nieblas ocupaban el Valle de Fuente De y en otro perfil más cercano, se podía divisar la cabaña Verónica, recortando su silueta sobre las blancas nieblas con Mariano, su guarda, de pie en una roca contemplando el paisaje. Debería ir a dormir allí, cenar y charlar con Mariano, pero eso supondría un considerable retraso para mi regreso.


Yo bajaba corriendo por el camino y pronto quedó atrás el "cruce de Villa Ratón", "La Fuente de la Vueltona" y enseguida "Covarrores", y a todo correr al Teleférico. Ahora llega lo bueno: ¿dónde duermo yo? Me arrepiento de no haberme quedado en la "cabaña Verónica", pero ya no tiene remedio.


Los montañeros sabemos que en la mayoría de los refugios, siempre hay alguna manera de entrar, pero no veo nada. Fijándome más veo un cristal roto. Muy bien, debían ser las diez y media o las once de la noche, y confío en que podré pasar la noche refugiado. Meto la mano y no alcanzo la falleba de la ventana interior; lo intento varias veces y desisto ante el peligro de cortarme en el brazo. Entonces pongo el saco de dormir en el suelo de cemento en el exterior; al fin y al cabo, una noche así sería una de tantas. Pero una vez tumbado sobre el duro cemento, me pregunté ¿por qué no puedo entrar? Pruebo otra vez y al fin consigo entrar y dormir en una litera cómoda.


Al día siguiente bajé en el teleférico y en "Fuente De" hice autostop hastaTorrelavega; así finalizó mi aventura de la cara Oeste del Naranjo. Me lo debía a mi mismo, desde que acompañé a Rabadá en su toma de contacto inicial con esta montaña mágica. Que descansen en la paz de los montañeros.