RESCATE EN MONTE PERDIDO, julio de 1953
Rodolfo en Candanchú, tres meses antes de los hechos aquí referidos.
En el relato que se acompaña, Rodolfo Amorrortu cuenta en
primera persona su actuación en los hechos ocurridos un 21 de julio
de 1953, durante la realización de las maniobras de fin de curso de
la Escuela Militar de Montaña de Jaca. Durante las citadas
maniobras, el día 20 de julio un grupo de profesores y alumnos
avanzaron hasta la Plana del Marboré, con objeto de reconocer la
posibilidad de que alguna cordada escalase la Cara Norte del Monte
Perdido, en tanto que el grueso de la columna atravesaba el Cuello
del Cilindro y accedía hasta Góriz. Los profesores de la EMM que
lideraban la primera opción eran los capitanes Mateo Grávalos y
Daniel Pérez-Santacruz, secundados por los tenientes Emilio Pradillo
y Manuel Vicario, en compañía de varios oficiales, suboficiales y
miembros de tropa. Acamparon en el Balcón de Pineta, y al día
siguiente, el resto de la columna se allegaría hasta el corazón del
Marboré desde el fondo del valle del Cinca.
En el informe oficial de los hechos ocurridos, se relata como el
día 21, alrededor de las 05:30 h, la Patrulla Grávalos iniciaba la
marcha, con el objetivo de escalar la cara norte de Monte Perdido.
Después de una trabajosa escalada, ante la amenaza de inminentes
desprendimientos debido al mal estado del hielo, decidieron abortar
la escalada e iniciaron el descenso, cuando se produjo un alud que
arrastró a los capitanes Santa Cruz y Grávalos y a los tenientes
Pradillo y Vicario. Enseguida se dio la alarma y se organizó el
rescate de las víctimas, en el que tuvo protagonismo destacado
Rodolfo Amorrortu.
Rodolfo Amorrortu García
Cabo primero de infantería, diplomado por la Escuela Militar de
Montaña como profesor de esquí, escalada y alta montaña.
Yo me había iniciado desde muy joven en el montañismo, la escalada
y el esquí, y cuando me llegó el momento de realizar el servicio
militar, como no me tocó en África, podía elegir cuerpo, así que
envié mi solicitud para ingresar en la Escuela Militar de Montaña
de Jaca. Tuvo buena acogida, gracias a mi historial montañero y
esquiador. Allí estuve cuatro años antes de volver a mi vida civil,
en la que planeaba ejercer mi profesión como profesor de esquí y
montaña.
Enseguida hice los cursos de Profesor y Mando de Tropas de Montaña.
Después del primer año, empecé a trabajar como profesor, pues mi
técnica había mejorado muchísimo y ponía gran empeño. Incluso
cuando todo el mundo se retiraba de las pistas yo me quedaba
estudiando mis virajes. Después de bajar subía andando,
investigando las huellas y mirando donde los cantos trazaban bien y
donde los derrapajes eran escasos o excesivos, y observando la
cadencia de las curvas. Mi gusto por la enseñanza hacía el resto, y
mi afición por la vida montañera me granjeó la simpatía de mis
superiores y su aprecio.
Los hechos que voy a relatar acontecieron en julio de 1953, durante
una de las grandes marchas que la Escuela Militar de Montaña
realizaba todos los años durante el verano: tenían un mes de
duración y en ellas los aspirantes a mandos a tropas de montaña
recibían la formación imprescindible en las técnicas de esquí,
escalada, vivaqueo y supervivencia en alta montaña. Yo tenía la
graduación de cabo primero, y ya había hecho los cursos de profesor
de esquí y escalada, por lo que ejercía de instructor de los
alumnos, que podían ser oficiales y suboficiales con rango superior
al mío.
Después de una jornada de marcha, dormimos en una campa cerca de la
Ermita de Pineta. El rumor del río armonizaba con el ambiente
encantador, como un paraíso. Amaneció con una explosión de luces
una mañana limpia, luminosa y llena de poesía. Arriba y a la
izquierda se podía ver la cadena de Monte Perdido, y enfrente la
gran muralla del fondo del valle, por donde discurre la fantástica
senda que nos conduciría al circo de Marbore y Tuca Roya, escenarios
de nuestros futuros entrenamientos.
El río tenía el fresco aroma de los torrentes de montaña y los
rayos del sol, jugando entre la fronda, formaban una paleta de
luminosos verdes. Yo estaba sentado en el suelo sobre la yerba junto
a mi compañero Juan Nubiola, de la cordada en la Compañía de
esquiadores y escaladores, cuando aparecieron los capitanes Grávalos
y Santa Cruz y los tenientes Pradillo y Vicario, equipados como para
una gran escalada. Alguien nos dijo que se iban a la cara norte de
Monte Perdido. Pensé que era una gozada salir ahora y hacer esa
difícil ascensión, subir por aquellas paredes y crestas heladas,
bellas y airosas. Tuve la tentación de pedirles que nos invitasen a
Juan Nubiola y a mí a acompañarles, pero finalmente no me atreví:
había demasiada distancia jerárquica entre dos simples cabos
primeros y unos oficiales. Además, quizá no entrase en sus cálculos
ampliar la cordada; siempre me quedó la duda de que probablemente
nos hubiesen aceptado con gusto. Al fin y al cabo, Nubiola y yo
teníamos un cierto prestigio como escaladores en la Escuela Militar
de Montaña. Con ellos salió un grupo de oficiales de los cursos
como acompañantes visuales y de posible ayuda. El resto del día lo
pasamos de descanso.
A la mañana siguiente, día 21 de julio, la columna se puso en
marcha: un grupo de alumnos de los cursos y un pelotón de la
compañía de esquiadores, entre los que nos encontrábamos Nubiola y
yo, que salimos en cabeza como vanguardia ligera. Todo aquel paisaje
era nuevo para mí, sentía en mi interior una gran alegría ¿qué
más podía desear un acérrimo montañero? Y aunque estaba encajado
en una unidad de combate me sentía libre y absorto, como encantado y
disfrutando del sol, el cielo azul y el paisaje lleno de luz y de
colores que hacía que mi alma volara en una romántica libertad. Nos
acompañaba el ruido del torrente que caía desde más de mil más
arriba por el muro del fondo de Pineta; era una fuerza impresionante,
un ruido atronador, Si alguien hubiese caído allí habría sido
inmediatamente destrozado por aquel potentísimo ariete de agua que
pulverizaba todo lo que tenía por delante.
Íbamos subiendo por aquel largo camino que trepaba por los
recovecos de la montaña y el valle se enturbiaba por unas nieblas
transparentes que daban mayor encanto a aquellas laderas de pinos y
cumbres blancas, con la promesa de magníficas escaladas a través
las crestas de hielo y rocas plagadas de rutas emocionantes.
De pronto, bastantes tramos más arriba, divisamos a unos alumnos de
los cursos que bajaban tan precipitadamente que a cada momento se
caían, y lanzaban gritos de alarma y atención. Sorprendidos y
preocupados, nos lanzamos camino arriba, cortando tramos hasta
encontrarnos con ellos. Con voces alteradas nos dijeron que la
cordada de Grávalos, Santa Cruz, Pradillo y Vicario había caído
con un alud al derrumbarse la cascada de serac, que dos de ellos
habían quedado colgando a media pared de hielo y que necesitaban
ayuda urgentísima.
Ante tal situación había que tomar decisiones inmediatas; primero,
envié a los soldados que nos acompañaban por material de escalada a
la compañía de esquiadores que subía cerca de nosotros; después
echamos a correr camino arriba. Llegamos a una gran extensión
glaciar, que se abría ante nuestros ojos como en un relato
fantástico. Aquel no era momento para contemplaciones: el lugar del
accidente, la cara norte de Monte Perdido con su gigantesco desplome
estaba a la vista, su cascada de hielo era un desplome, como una
gigantesca visera que sobresalía varios metros de la vertical. A
medida que nos acercábamos, su altura crecía y crecía, y se
escuchaba un impresionante crujido del coloso de hielo: caían
bloques continuamente, y sus estallidos al chocar entre creaban un
sonido espeluznante, llegando a ahogar el ruido del agua que corría
en su interior.
Subíamos a la carrera por la pendiente de nieve hacia el lugar del
accidente; ya se oían los gritos estremecedores del capitán
Grávalos que colgaba cabeza abajo dejando un lúgubre reguero de
sangre que se deslizaba por la pared blanca. Aquella visión fue
aterradora. Allí estaba Grávalos. No sólo era mi capitán sino un
buen amigo.
Con el alma acongojada pensaba que tardaríamos mucho en llegar hasta
él... También al pie de la pendiente, y un tanto alejados del
peligro de otros desprendimientos inmediatos estaban los tenientes
Pradillo y Vicario, semienterrados entre los bloques del alud. Me
quedé espantado al verlos, Pradillo tenía un aspecto terrible, con
la frente partida y la cara llena de sangre que teñía su anorak
blanco. Estaba medio tumbado entre los bloques de hielo, a unos dos
metros yacía Vicario, enterrado hasta las caderas y con una de ellas
rota. Todo aquello era un revoltijo de bloques, cuerdas, sangre y
escaladores en un cuadro impresionante que nunca podré olvidar. En
seguida me fijé que un cabo de cuerda desaparecía enterrado entre
la nieve y pensé que al extremo de aquel cabo tenía que estar el
capitán Santa Cruz, pues no se le veía por ningún sitio. Entre
tanto, había llegado más gente de la escuela, oficiales y
suboficiales de los cursos y los soldados de la compañía de
esquiadores con material de escalada que nos iba a ser muy necesario.
Así que mandé a los soldados que quitasen los bloques de alrededor
de los heridos pero sin tocarlos. Inmediatamente el teniente Vicente
(compañero de muchas escaladas) y yo formamos cordada y salimos
dispuestos a todo, con tal de sacar de allá arriba al capitán
Grávalos. Teníamos mucha prisa por subir sin perder un instante, y
ya estábamos provistos de todo el material que nos habían traído
los cursillistas. Salimos a todo correr hacia arriba, y pronto
llegamos al pie de la pared de hielo. Nos encordamos, pusimos los
crampones y me lancé en cabeza a través de una fisura entre la roca
y el hielo, que era más bien como una gigantesca laja de hielo
pegada a la pared. Escalaba con verdadera furia, con el objetivo de
llegar al gran desplome y hacer un paso horizontal hacia la
izquierda, por debajo de la gran visera bajo la que estaba el
capitán, no sabíamos si vivo o muerto. Fue un largo de cuerda
difícil y muy peligroso, aunque en aquel momento no me daba cuenta
de las dificultades: trepábamos con rapidez, mordiendo con los
crampones, unas veces clavándolos en el hielo y otras oyéndolos
chirriar sobre la roca, a golpes de piolet, arañando con las manos
desnudas donde podíamos. Nos mojaba el agua del deshielo, que caía
por doquier bajo el siniestro, feo y enorme techo Era una lluvia
helada que en un momento nos caló la escasa ropa que llevábamos,
solamente una camisa de soldado y el pantalón corto. El agua se
deslizaba ladinamente por las manos y los brazos metiéndose entre la
ropa y la piel causando un frío glacial, que con el uniforme mojado
mermaba nuestras facultades. Continuamente caían bloques de todos
los tamaños, rebotando y chocando con todo y partiéndose en mil
pedazos. Era un espectáculo aterrador, pero había que subir a toda
costa pese a todos los peligros porque allí estaba nuestro capitán
necesitando nuestra ayuda. Y como música de fondo de aquel infierno,
el crujido del glaciar que parecía se iba a derrumbar de un momento
a otro. Aquello era de locos, escalar en aquellas condiciones...Pero
ahí arriba estaba el capitán ¿vivo todavía?
Dejé atrás la laja y seguí escalando; detrás de mí, el teniente
Vicente aseguraba nuestra marcha feroz; de repente oí su voz
(debilitada por los potentes crujidos del glaciar, el agua que caía
y el estampido de los bloques que se estrellaban) anunciándome el
final de la cuerda; había que parar y crear un punto de seguro.
Puse una clavija, y en el momento en que me incliné para recoger
cuerda y asegurar la subida del teniente Vicente, me llevé una
terrible y siniestra sorpresa: debajo de mí y a pocos metros asomaba
un brazo y la espalda de alguien que yo no había visto. Me
encontraba situado más a la izquierda cuando empecé a escalar,
después las exigencias del propio terreno me habían obligado a
subir en diagonal hacia la derecha, de tal manera que quedé unos
metros por encima de aquel espantoso espectáculo. Con horror vi que
se trataba del capitán Santa Cruz. Estaba encajado en la pared de
hielo, con la cara hacia dentro, mostrando su espalda y un brazo
hacia detrás señalando al abismo, todo él rodeado de sangre. La
visión era dolorosa e impresionante.
Santa Cruz era nuestro capitán médico, y verlo en aquellas
condiciones era terrible; pero no tenía que dejarme impresionar,
había que actuar. Comuniqué el macabro hallazgo y monté un rapel
para descender hasta el accidentado. Cuando llegué a su lado vi que
estaba totalmente destrozado. Pienso que debió caer mezclado con el
alud, y una repisa lo detuvo provocando que todos los bloques
chocaran contra él aplastándolo y semienterrándolo. A golpes de
piolet lo fui sacando, haciendo hueco a su alrededor; me iba dando
cuenta de que no tenía un hueso entero. Al tomarlo en brazos, me
pareció como si fuese un muñeco de gelatina bañado en sangre: su
estatura se había reducido a la mitad. Como pude, pasé una cuerda
alrededor de su cuerpo y lo fui dejando bajar hasta donde estaba el
teniente Vicente. Enseguida descendí yo, y justo entonces allí
llegó el comandante capellán. Bajo el fuerte sol, junto a las rocas
rojizas, ignorando el rugido del glaciar, le dio los últimos
auxilios espirituales. Este fue un momento emocionante que se me
quedó grabado para siempre y aún hoy me llena los ojos de lágrimas.
Alguien dio la orden de apartarse de la zona de posible caída de
seracs, que era un largo muro de roca coronado en toda su longitud
por otro muro de hielo de muchos metros de altura. Aquello metía
miedo en el alma del más valiente. Todos los jefes y oficiales, y la
cordada del teniente Vicente y yo fuimos llamados, y se hizo un
consejo para decidir lo que procedía hacer en los siguientes
momentos. No sabía muy bien qué hora era, quizás las dos... Había
que contar el tiempo que nos quedaba, pues nos esperaba una tarea
larga y difícil y había peligro de derrumbamientos. Aunque lucía
el sol y el cielo estaba despejado, nosotros no recibíamos sus
gratificantes caricias, ya que estábamos en la tenebrosa cara Norte.
En ese momento, el principal objetivo era sacar de allí al capitán
Grávalos, que no sabíamos en qué estado estaba pero ¿cómo
actuar? El derrumbamiento de la enorme visera de hielo era inminente,
podía caer de un momento a otro y todos los que estábamos allí no
podríamos librarnos de ser victimas de una gigantesca catástrofe.
Todo esto provocaba un estado de ánimo difícil de dominar.
Entre todos los mandos presentes, yo era el único de graduación
inferior, un simple cabo primero, pero no pude dejar de dar mi
opinión. “Si creemos que el capitán está vivo todavía, no lo
vamos a dejar morir. Hay que actuar sin pérdida de tiempo”. A
pesar de que estábamos casi seguros de que ya estaría muerto, se
decidió pasar al ataque. De nuevo el teniente Vicente y yo partimos
encordados hacia arriba, atravesamos el muro de roca y hielo y nos
adentramos debajo del gran techo crujiente, azulado y lleno de
grietas. Cerca de nosotros venía una cordada encabezada por el
capitán Castellanos, pero un sargento componente de la cordada cayó,
dio un gran péndulo lesionándose ferozmente, con lo cual tuvieron
que retirarse.
Había que intentarlo todo. Se unió a nosotros el teniente Rizzi, de
los alpinos italianos, que quiso participar en el rescate y pidió
pasar en cabeza en el corto paso horizontal que nos separaba de
Grávalos, pues nos dijo que era especialista en escalada en hielo.
De mala gana tuve que obedecer, ya que yo también había hecho
cursos de hielo y muchas escaladas invernales en los Picos de Europa.
Me sentía muy capaz de realizar el rescate, pero una orden es una
orden y más en aquellas circunstancias.
La
situación era la siguiente: mirando al abismo y a nuestra derecha,
había un lomo de hielo de bastante pendiente que parecía sujetar un
tanto precariamente todo el techo que teníamos encima, y a pocos
metros, al otro lado del mencionado lomo, estaba el capitán según
habíamos visto desde abajo. Nos aseguramos con los piolets metidos
en las grietas del suelo de hielo debajo del gran techo, y el
teniente Ricci fue pasando en horizontal, clavando las puntas
delanteras de los crampones en la pendiente helada. Nuestra idea era
montar un pasamanos para traer a Grávalos hacia nosotros.
Aún
no habíamos terminado su montaje cuando la gran masa de hielo
acumulada sobre el largo muro de roca que estaba a nuestra izquierda
se desplomó con un terrorífico estruendo. El bestial alud se
precipitó sobre la zona en la que poco antes nos habíamos reunido
para tomar decisiones el grupo de diez o doce personas entre
oficiales, profesores y unos cuantos soldados de la compañía de
esquiadores. Todos habríamos sido barridos sin piedad, de haberse
producido el desprendimiento un poco antes. Fue un momento de terror.
Gracias a Dios, un momento antes habían dado la orden de desalojar
aquella zona tan peligrosa. En nuestra cordada estábamos asustados,
pues si aquel monstruo vertical había caído, el que estaba encima
de nosotros, que era extraplomado y crujía sin cesar tenía todo el
aspecto de caernos encima. Durante unos segundos nos encogimos
aterrados; había que darse prisa si queríamos salir vivos de allí.
Enseguida quedó montado el pasamanos por el lado del teniente Rizzi
y por el nuestro, así que comunicándonos a voces fuimos recogiendo
cuerda, asegurando cara al vacío hasta ver aparecer balanceándose y
chocando contra la pared el cuerpo mortificado del capitán; no
reaccionaba porque estaba muerto hacía ya varias horas. Ante la
tétrica visión sentimos una profunda pena. Mi corazón lloraba
después de tantas horas de esfuerzo y riesgo al ver tan triste
final. Los sollozos me subían por la garganta, no podía creer que
ese cuerpo desmadejado que estábamos atrayendo hacia nosotros fuera
nuestro capitán, amigo de todos, fuerte y valiente, amable; ahora no
tenía vida, ni siquiera sangraba por las numerosas heridas, tal como
había visto por la mañana al llegar al lugar del suceso.
“¡Mire mi teniente! ya tenemos al capitán.” Era todo cuanto yo
podía decir, si exteriorizaba mis sentimientos era para apagar mi
pena, y el teniente estaba tan emocionado que tampoco podía decir
nada y solo me ayudaba a recoger cuerda que rezumaba agua en nuestras
manos. Cuando regresó Rizzi del otro lado del pasamanos recuperamos
la cuerda del mismo. Temblábamos de frío y congoja cuando el
teniente Vicente, mi formidable compañero de cordada, lleno de
valentía y humanidad nos dio al teniente Rizzi y a mí unos
golpecitos en la espalda y dijo con voz velada que no era momento
para llorar; tenía razón, había que salir de aquel infierno y
empezar a bajar pues ya todo estaba hecho y había que evitar mas
desgracias todavía. Bajo la amenaza de desplome, montamos unas
cuerdas y bajamos al capitán con gran cuidado hasta el pie de la
pared, donde ya había gente esperando para hacerse cargo de su
cuerpo. Seguidamente, montamos nuestro rapel y descendimos. Echamos
a correr por la pendiente de rocas y nieve, arrastrando las cuerdas
empapadas hasta caer en brazos de nuestros compañeros: oficiales,
profesores, alumnos y soldados, todos habían trabajado y puesto su
parte de colaboración y esfuerzo.
Según bajaba corriendo, me di cuenta de que no me había quitado
los crampones, así que me senté en el suelo para quitármelos pero
me fue imposible. Mis manos estaban tan heladas que no podían soltar
las cintas. Me quedé sentado en el suelo con la cabeza entre las
rodillas, estaba agotado. De pronto apareció un capitán amigo, que
me soltó los crampones y me prestó un jersey y unas palabras de
aliento. En ese momento estaba cayendo sobre mi todo el peso de un
día duro, de darlo todo por una buena causa. Oía voces a mi
alrededor pero seguía viendo como en sombras la película del día,
el cuerpo destrozado de Santa Cruz y allá arriba a Grávalos
pendiendo de la cuerda como un muñeco desvalido mientras le
bajábamos del hielo.
“¡Rodolfo,
vamos para abajo!” oía como en sueños; no se ni quién era, quizá
el teniente Vicente, ya todo era una nebulosa para mi. Mientras
bajábamos un rato juntos fuimos comentando lo terrible que había
sido la jornada. Mas abajo me encontré con dos guardias civiles que
me saludaron con gran respeto, yo les miré y no les dije nada, por
lo visto me conocían; les dirigí una sonrisa y un saludo y seguí
bajando triste y silencioso, tropezando con las piedras a cada
momento. Antes de abordar el camino para bajar al valle de Pineta
dirigí una mirada al colgante glaciar siniestro y feo con la luz
declinante de la tarde; todavía era de día pero ya no había sol,
era como un monstruo agazapado que miraba con ansia a los que tuvimos
la suerte de salir vivos aquel día. Mas abajo iba un grupo con el
cadáver del capitán Grávalos metido en un saco de dormir y atado
en un palo de camilla con tres o cuatro piolets atravesados para
facilitar el transporte. Me incorporé a ellos para ayudar en algo
pero me dijeron “Rodolfo, tu vete para abajo que ya has hecho
bastante”. ¡No insistí!, estaba tan cansado, me sentía muy
triste. Iba por el camino como un autómata.
Pero hube de despertar pronto: desde lo alto caía una gran piedra
dando saltos y amenazando con llevarse por delante al grupo de los
cursos que iban mas abajo. En efecto, cayó entre ellos y pegó
contra un sargento un feroz golpe en la cadera y en la pierna. Fui
corriendo a auxiliarle, casi no podía andar. Entretanto, sus
compañeros al ver que yo le socorría siguieron deprisa hacia abajo
y aunque de vez en cuando nos miraban seguían su rauda bajada, así
que todo el rato estábamos rezagados y solos.
No voy a extenderme mucho en la descripción de esta penosa bajada al
valle de Pineta, solo, con el lesionado colgado de mí por aquel
camino interminable (casi 1.000 m. de desnivel). Fue como una lenta
agonía; enseguida se hizo de noche y el tormento creció con la
oscuridad: los tropezones y las caídas aumentaron. Este sargento
alumno que yo llevaba tenía compañeros cuya obligación habría
sido ocuparse de él y no desentenderse, se quejaba y yo no podía
hacer por él mas de lo que estaba haciendo. Al fin llegamos a la
base del camino, todavía quedaba un trecho muy largo hasta el
campamento. Después de una gran zona pedregosa, llegamos al río.
Alguien pasó por nuestro lado, nos dio unas palabras de ánimo pero
no se quedó a ayudarnos. La sensación de soledad y abandono quebró
mi ya delicado ánimo “¿Pero qué pasa aquí, nadie me ayuda?”
No encontraba el puente para cruzar el río ¿dónde estaría el
maldito puente? Como no lo encontraba, me eché encima al sargento y
me metí de patitas en el agua, que me llegaba por los muslos, sin
descalzarme ni quitarme el pantalón, y así lo atravesé con el
herido encima.
A pesar del tormento que estaba padeciendo, fui consciente de que
hacía una noche maravillosa, llena de estrellas que brillaban entre
los árboles. Mientras caminaba, pensaba en Pradillo y Vicario, que
hacía rato estarían atendidos en el campamento y en Grávalos y
Santa Cruz, volando hacia ese cielo estrellado que tenía sobre mi
cabeza.
Ya estaba cerca... ¡Dios, cuánto te agradezco que me hayas ayudado
a llegar hasta aquí! Se oían voces y se veían luces, unas sombras
se acercaban “¡Gracias!” Cogieron al sargento y se lo llevaron,
“¡Ánimo Rodolfo, ya has llegado!” Sí, había llegado y me
sentía compensado de las penalidades pasadas, pensaba lo bien que se
está entre amigos que te aprecian. Me abrazaron, me quitaron la
mochila, no tenía idea de qué habría sido de mi cuerda y mi
piolet, quizá estuvieran en alguna grieta de las fauces del glaciar
o abandonados entre las rocas. Enseguida mi capitán me trajo un
bocadillo: dando las gracias me senté en el suelo y empecé a
comer... Y ya no recuerdo más. Cuando me desperté, el sol brillaba
en todo su esplendor llenando el valle de luces y colores; una mano
generosa me había echado una manta por encima ¡me había quedado
dormido mientras comía! Me levanté rápidamente pues todo se estaba
disponiendo para la marcha y pronto la triste caravana emprendió el
camino hacia Jaca.
Terrible día para todos, un día de esfuerzo y peligro continuado.
Primero escalar para sacar de allí al capitán Santa Cruz, después
subir de nuevo para recoger al capitán Grávalos; bajarlo fue una
operación penosa y peligrosa bajo el rugiente glaciar, y para
terminar bajar materialmente colgado de mí al sargento de los
cursos. Fue un día difícil de olvidar.
Y llegó el día que me licencié y volví a casa provisto de un buen
bagaje de conocimientos y una cruz al mérito militar con distintivo
blanco por acciones de salvamento muy arriesgadas allí realizadas.
Yo volvía con mi título de profesor de esquí y montaña, me
proponía enseñar a esquiar en nuestra naciente estación de esquí,
quería hacer muchos y buenos esquiadores.
Han pasado muchos años y he subido muchas montañas pero a pesar de
las promesas que me hice de volver a subir el camino de Pineta es
algo que no he podido realizar, aunque sí volví a escalar la norte
del Perdido subiendo desde Goriz. El glaciar ya no era ni la sombra
de lo que fue entonces, el retroceso de las nieves lo había dejado
al mínimo: solo al principio una pendiente de 15 o 20 metros de
hielo puro bastante vertical y después pendientes de nieve y rocas
con alguna franjita de hielo, pero nada más. Aunque mantenía su
pendiente salvaje.
Sé que hay en el balcón de Pineta una gran cruz metálica dedicada
a ellos, que llaman "la cruz de los capitanes". Quisiera
subir por el camino desde el valle, abrazarla y rezar por ellos; no
se si podré reprimir un sollozo cuando esto ocurra.
Rodolfo Amorrortu García, cabo primero de infantería, diplomado por
la Escuela Militar de Montaña como profesor de esquí, escalada y
alta montaña.