6 de Mayo de 1955

6 de Mayo de 1955

domingo, 10 de noviembre de 2024

 RESCATE EN MONTE PERDIDO, julio de 1953

                                     Rodolfo en Candanchú, tres meses antes de los hechos aquí referidos.


En el relato que se acompaña, Rodolfo Amorrortu cuenta en primera persona su actuación en los hechos ocurridos un 21 de julio de 1953, durante la realización de las maniobras de fin de curso de la Escuela Militar de Montaña de Jaca. Durante las citadas maniobras, el día 20 de julio un grupo de profesores y alumnos avanzaron hasta la Plana del Marboré, con objeto de reconocer la posibilidad de que alguna cordada escalase la Cara Norte del Monte Perdido, en tanto que el grueso de la columna atravesaba el Cuello del Cilindro y accedía hasta Góriz. Los profesores de la EMM que lideraban la primera opción eran los capitanes Mateo Grávalos y Daniel Pérez-Santacruz, secundados por los tenientes Emilio Pradillo y Manuel Vicario, en compañía de varios oficiales, suboficiales y miembros de tropa. Acamparon en el Balcón de Pineta, y al día siguiente, el resto de la columna se allegaría hasta el corazón del Marboré desde el fondo del valle del Cinca.

En el informe oficial de los hechos ocurridos, se relata como el día 21, alrededor de las 05:30 h, la Patrulla Grávalos iniciaba la marcha, con el objetivo de escalar la cara norte de Monte Perdido. Después de una trabajosa escalada, ante la amenaza de inminentes desprendimientos debido al mal estado del hielo, decidieron abortar la escalada e iniciaron el descenso, cuando se produjo un alud que arrastró a los capitanes Santa Cruz y Grávalos y a los tenientes Pradillo y Vicario. Enseguida se dio la alarma y se organizó el rescate de las víctimas, en el que tuvo protagonismo destacado Rodolfo Amorrortu.



Rodolfo Amorrortu García

Cabo primero de infantería, diplomado por la Escuela Militar de Montaña como profesor de esquí, escalada y alta montaña.



Yo me había iniciado desde muy joven en el montañismo, la escalada y el esquí, y cuando me llegó el momento de realizar el servicio militar, como no me tocó en África, podía elegir cuerpo, así que envié mi solicitud para ingresar en la Escuela Militar de Montaña de Jaca. Tuvo buena acogida, gracias a mi historial montañero y esquiador. Allí estuve cuatro años antes de volver a mi vida civil, en la que planeaba ejercer mi profesión como profesor de esquí y montaña.


Enseguida hice los cursos de Profesor y Mando de Tropas de Montaña. Después del primer año, empecé a trabajar como profesor, pues mi técnica había mejorado muchísimo y ponía gran empeño. Incluso cuando todo el mundo se retiraba de las pistas yo me quedaba estudiando mis virajes. Después de bajar subía andando, investigando las huellas y mirando donde los cantos trazaban bien y donde los derrapajes eran escasos o excesivos, y observando la cadencia de las curvas. Mi gusto por la enseñanza hacía el resto, y mi afición por la vida montañera me granjeó la simpatía de mis superiores y su aprecio.


Los hechos que voy a relatar acontecieron en julio de 1953, durante una de las grandes marchas que la Escuela Militar de Montaña realizaba todos los años durante el verano: tenían un mes de duración y en ellas los aspirantes a mandos a tropas de montaña recibían la formación imprescindible en las técnicas de esquí, escalada, vivaqueo y supervivencia en alta montaña. Yo tenía la graduación de cabo primero, y ya había hecho los cursos de profesor de esquí y escalada, por lo que ejercía de instructor de los alumnos, que podían ser oficiales y suboficiales con rango superior al mío.


Después de una jornada de marcha, dormimos en una campa cerca de la Ermita de Pineta. El rumor del río armonizaba con el ambiente encantador, como un paraíso. Amaneció con una explosión de luces una mañana limpia, luminosa y llena de poesía. Arriba y a la izquierda se podía ver la cadena de Monte Perdido, y enfrente la gran muralla del fondo del valle, por donde discurre la fantástica senda que nos conduciría al circo de Marbore y Tuca Roya, escenarios de nuestros futuros entrenamientos.


El río tenía el fresco aroma de los torrentes de montaña y los rayos del sol, jugando entre la fronda, formaban una paleta de luminosos verdes. Yo estaba sentado en el suelo sobre la yerba junto a mi compañero Juan Nubiola, de la cordada en la Compañía de esquiadores y escaladores, cuando aparecieron los capitanes Grávalos y Santa Cruz y los tenientes Pradillo y Vicario, equipados como para una gran escalada. Alguien nos dijo que se iban a la cara norte de Monte Perdido. Pensé que era una gozada salir ahora y hacer esa difícil ascensión, subir por aquellas paredes y crestas heladas, bellas y airosas. Tuve la tentación de pedirles que nos invitasen a Juan Nubiola y a mí a acompañarles, pero finalmente no me atreví: había demasiada distancia jerárquica entre dos simples cabos primeros y unos oficiales. Además, quizá no entrase en sus cálculos ampliar la cordada; siempre me quedó la duda de que probablemente nos hubiesen aceptado con gusto. Al fin y al cabo, Nubiola y yo teníamos un cierto prestigio como escaladores en la Escuela Militar de Montaña. Con ellos salió un grupo de oficiales de los cursos como acompañantes visuales y de posible ayuda. El resto del día lo pasamos de descanso.


A la mañana siguiente, día 21 de julio, la columna se puso en marcha: un grupo de alumnos de los cursos y un pelotón de la compañía de esquiadores, entre los que nos encontrábamos Nubiola y yo, que salimos en cabeza como vanguardia ligera. Todo aquel paisaje era nuevo para mí, sentía en mi interior una gran alegría ¿qué más podía desear un acérrimo montañero? Y aunque estaba encajado en una unidad de combate me sentía libre y absorto, como encantado y disfrutando del sol, el cielo azul y el paisaje lleno de luz y de colores que hacía que mi alma volara en una romántica libertad. Nos acompañaba el ruido del torrente que caía desde más de mil más arriba por el muro del fondo de Pineta; era una fuerza impresionante, un ruido atronador, Si alguien hubiese caído allí habría sido inmediatamente destrozado por aquel potentísimo ariete de agua que pulverizaba todo lo que tenía por delante.


Íbamos subiendo por aquel largo camino que trepaba por los recovecos de la montaña y el valle se enturbiaba por unas nieblas transparentes que daban mayor encanto a aquellas laderas de pinos y cumbres blancas, con la promesa de magníficas escaladas a través las crestas de hielo y rocas plagadas de rutas emocionantes.


De pronto, bastantes tramos más arriba, divisamos a unos alumnos de los cursos que bajaban tan precipitadamente que a cada momento se caían, y lanzaban gritos de alarma y atención. Sorprendidos y preocupados, nos lanzamos camino arriba, cortando tramos hasta encontrarnos con ellos. Con voces alteradas nos dijeron que la cordada de Grávalos, Santa Cruz, Pradillo y Vicario había caído con un alud al derrumbarse la cascada de serac, que dos de ellos habían quedado colgando a media pared de hielo y que necesitaban ayuda urgentísima.


Ante tal situación había que tomar decisiones inmediatas; primero, envié a los soldados que nos acompañaban por material de escalada a la compañía de esquiadores que subía cerca de nosotros; después echamos a correr camino arriba. Llegamos a una gran extensión glaciar, que se abría ante nuestros ojos como en un relato fantástico. Aquel no era momento para contemplaciones: el lugar del accidente, la cara norte de Monte Perdido con su gigantesco desplome estaba a la vista, su cascada de hielo era un desplome, como una gigantesca visera que sobresalía varios metros de la vertical. A medida que nos acercábamos, su altura crecía y crecía, y se escuchaba un impresionante crujido del coloso de hielo: caían bloques continuamente, y sus estallidos al chocar entre creaban un sonido espeluznante, llegando a ahogar el ruido del agua que corría en su interior.


Subíamos a la carrera por la pendiente de nieve hacia el lugar del accidente; ya se oían los gritos estremecedores del capitán Grávalos que colgaba cabeza abajo dejando un lúgubre reguero de sangre que se deslizaba por la pared blanca. Aquella visión fue aterradora. Allí estaba Grávalos. No sólo era mi capitán sino un buen amigo.


Con el alma acongojada pensaba que tardaríamos mucho en llegar hasta él... También al pie de la pendiente, y un tanto alejados del peligro de otros desprendimientos inmediatos estaban los tenientes Pradillo y Vicario, semienterrados entre los bloques del alud. Me quedé espantado al verlos, Pradillo tenía un aspecto terrible, con la frente partida y la cara llena de sangre que teñía su anorak blanco. Estaba medio tumbado entre los bloques de hielo, a unos dos metros yacía Vicario, enterrado hasta las caderas y con una de ellas rota. Todo aquello era un revoltijo de bloques, cuerdas, sangre y escaladores en un cuadro impresionante que nunca podré olvidar. En seguida me fijé que un cabo de cuerda desaparecía enterrado entre la nieve y pensé que al extremo de aquel cabo tenía que estar el capitán Santa Cruz, pues no se le veía por ningún sitio. Entre tanto, había llegado más gente de la escuela, oficiales y suboficiales de los cursos y los soldados de la compañía de esquiadores con material de escalada que nos iba a ser muy necesario.


Así que mandé a los soldados que quitasen los bloques de alrededor de los heridos pero sin tocarlos. Inmediatamente el teniente Vicente (compañero de muchas escaladas) y yo formamos cordada y salimos dispuestos a todo, con tal de sacar de allá arriba al capitán Grávalos. Teníamos mucha prisa por subir sin perder un instante, y ya estábamos provistos de todo el material que nos habían traído los cursillistas. Salimos a todo correr hacia arriba, y pronto llegamos al pie de la pared de hielo. Nos encordamos, pusimos los crampones y me lancé en cabeza a través de una fisura entre la roca y el hielo, que era más bien como una gigantesca laja de hielo pegada a la pared. Escalaba con verdadera furia, con el objetivo de llegar al gran desplome y hacer un paso horizontal hacia la izquierda, por debajo de la gran visera bajo la que estaba el capitán, no sabíamos si vivo o muerto. Fue un largo de cuerda difícil y muy peligroso, aunque en aquel momento no me daba cuenta de las dificultades: trepábamos con rapidez, mordiendo con los crampones, unas veces clavándolos en el hielo y otras oyéndolos chirriar sobre la roca, a golpes de piolet, arañando con las manos desnudas donde podíamos. Nos mojaba el agua del deshielo, que caía por doquier bajo el siniestro, feo y enorme techo Era una lluvia helada que en un momento nos caló la escasa ropa que llevábamos, solamente una camisa de soldado y el pantalón corto. El agua se deslizaba ladinamente por las manos y los brazos metiéndose entre la ropa y la piel causando un frío glacial, que con el uniforme mojado mermaba nuestras facultades. Continuamente caían bloques de todos los tamaños, rebotando y chocando con todo y partiéndose en mil pedazos. Era un espectáculo aterrador, pero había que subir a toda costa pese a todos los peligros porque allí estaba nuestro capitán necesitando nuestra ayuda. Y como música de fondo de aquel infierno, el crujido del glaciar que parecía se iba a derrumbar de un momento a otro. Aquello era de locos, escalar en aquellas condiciones...Pero ahí arriba estaba el capitán ¿vivo todavía?


Dejé atrás la laja y seguí escalando; detrás de mí, el teniente Vicente aseguraba nuestra marcha feroz; de repente oí su voz (debilitada por los potentes crujidos del glaciar, el agua que caía y el estampido de los bloques que se estrellaban) anunciándome el final de la cuerda; había que parar y crear un punto de seguro. Puse una clavija, y en el momento en que me incliné para recoger cuerda y asegurar la subida del teniente Vicente, me llevé una terrible y siniestra sorpresa: debajo de mí y a pocos metros asomaba un brazo y la espalda de alguien que yo no había visto. Me encontraba situado más a la izquierda cuando empecé a escalar, después las exigencias del propio terreno me habían obligado a subir en diagonal hacia la derecha, de tal manera que quedé unos metros por encima de aquel espantoso espectáculo. Con horror vi que se trataba del capitán Santa Cruz. Estaba encajado en la pared de hielo, con la cara hacia dentro, mostrando su espalda y un brazo hacia detrás señalando al abismo, todo él rodeado de sangre. La visión era dolorosa e impresionante.


Santa Cruz era nuestro capitán médico, y verlo en aquellas condiciones era terrible; pero no tenía que dejarme impresionar, había que actuar. Comuniqué el macabro hallazgo y monté un rapel para descender hasta el accidentado. Cuando llegué a su lado vi que estaba totalmente destrozado. Pienso que debió caer mezclado con el alud, y una repisa lo detuvo provocando que todos los bloques chocaran contra él aplastándolo y semienterrándolo. A golpes de piolet lo fui sacando, haciendo hueco a su alrededor; me iba dando cuenta de que no tenía un hueso entero. Al tomarlo en brazos, me pareció como si fuese un muñeco de gelatina bañado en sangre: su estatura se había reducido a la mitad. Como pude, pasé una cuerda alrededor de su cuerpo y lo fui dejando bajar hasta donde estaba el teniente Vicente. Enseguida descendí yo, y justo entonces allí llegó el comandante capellán. Bajo el fuerte sol, junto a las rocas rojizas, ignorando el rugido del glaciar, le dio los últimos auxilios espirituales. Este fue un momento emocionante que se me quedó grabado para siempre y aún hoy me llena los ojos de lágrimas.


Alguien dio la orden de apartarse de la zona de posible caída de seracs, que era un largo muro de roca coronado en toda su longitud por otro muro de hielo de muchos metros de altura. Aquello metía miedo en el alma del más valiente. Todos los jefes y oficiales, y la cordada del teniente Vicente y yo fuimos llamados, y se hizo un consejo para decidir lo que procedía hacer en los siguientes momentos. No sabía muy bien qué hora era, quizás las dos... Había que contar el tiempo que nos quedaba, pues nos esperaba una tarea larga y difícil y había peligro de derrumbamientos. Aunque lucía el sol y el cielo estaba despejado, nosotros no recibíamos sus gratificantes caricias, ya que estábamos en la tenebrosa cara Norte. En ese momento, el principal objetivo era sacar de allí al capitán Grávalos, que no sabíamos en qué estado estaba pero ¿cómo actuar? El derrumbamiento de la enorme visera de hielo era inminente, podía caer de un momento a otro y todos los que estábamos allí no podríamos librarnos de ser victimas de una gigantesca catástrofe. Todo esto provocaba un estado de ánimo difícil de dominar.


Entre todos los mandos presentes, yo era el único de graduación inferior, un simple cabo primero, pero no pude dejar de dar mi opinión. “Si creemos que el capitán está vivo todavía, no lo vamos a dejar morir. Hay que actuar sin pérdida de tiempo”. A pesar de que estábamos casi seguros de que ya estaría muerto, se decidió pasar al ataque. De nuevo el teniente Vicente y yo partimos encordados hacia arriba, atravesamos el muro de roca y hielo y nos adentramos debajo del gran techo crujiente, azulado y lleno de grietas. Cerca de nosotros venía una cordada encabezada por el capitán Castellanos, pero un sargento componente de la cordada cayó, dio un gran péndulo lesionándose ferozmente, con lo cual tuvieron que retirarse.


Había que intentarlo todo. Se unió a nosotros el teniente Rizzi, de los alpinos italianos, que quiso participar en el rescate y pidió pasar en cabeza en el corto paso horizontal que nos separaba de Grávalos, pues nos dijo que era especialista en escalada en hielo. De mala gana tuve que obedecer, ya que yo también había hecho cursos de hielo y muchas escaladas invernales en los Picos de Europa. Me sentía muy capaz de realizar el rescate, pero una orden es una orden y más en aquellas circunstancias.


La situación era la siguiente: mirando al abismo y a nuestra derecha, había un lomo de hielo de bastante pendiente que parecía sujetar un tanto precariamente todo el techo que teníamos encima, y a pocos metros, al otro lado del mencionado lomo, estaba el capitán según habíamos visto desde abajo. Nos aseguramos con los piolets metidos en las grietas del suelo de hielo debajo del gran techo, y el teniente Ricci fue pasando en horizontal, clavando las puntas delanteras de los crampones en la pendiente helada. Nuestra idea era montar un pasamanos para traer a Grávalos hacia nosotros.

Aún no habíamos terminado su montaje cuando la gran masa de hielo acumulada sobre el largo muro de roca que estaba a nuestra izquierda se desplomó con un terrorífico estruendo. El bestial alud se precipitó sobre la zona en la que poco antes nos habíamos reunido para tomar decisiones el grupo de diez o doce personas entre oficiales, profesores y unos cuantos soldados de la compañía de esquiadores. Todos habríamos sido barridos sin piedad, de haberse producido el desprendimiento un poco antes. Fue un momento de terror. Gracias a Dios, un momento antes habían dado la orden de desalojar aquella zona tan peligrosa. En nuestra cordada estábamos asustados, pues si aquel monstruo vertical había caído, el que estaba encima de nosotros, que era extraplomado y crujía sin cesar tenía todo el aspecto de caernos encima. Durante unos segundos nos encogimos aterrados; había que darse prisa si queríamos salir vivos de allí.


Enseguida quedó montado el pasamanos por el lado del teniente Rizzi y por el nuestro, así que comunicándonos a voces fuimos recogiendo cuerda, asegurando cara al vacío hasta ver aparecer balanceándose y chocando contra la pared el cuerpo mortificado del capitán; no reaccionaba porque estaba muerto hacía ya varias horas. Ante la tétrica visión sentimos una profunda pena. Mi corazón lloraba después de tantas horas de esfuerzo y riesgo al ver tan triste final. Los sollozos me subían por la garganta, no podía creer que ese cuerpo desmadejado que estábamos atrayendo hacia nosotros fuera nuestro capitán, amigo de todos, fuerte y valiente, amable; ahora no tenía vida, ni siquiera sangraba por las numerosas heridas, tal como había visto por la mañana al llegar al lugar del suceso.


“¡Mire mi teniente! ya tenemos al capitán.” Era todo cuanto yo podía decir, si exteriorizaba mis sentimientos era para apagar mi pena, y el teniente estaba tan emocionado que tampoco podía decir nada y solo me ayudaba a recoger cuerda que rezumaba agua en nuestras manos. Cuando regresó Rizzi del otro lado del pasamanos recuperamos la cuerda del mismo. Temblábamos de frío y congoja cuando el teniente Vicente, mi formidable compañero de cordada, lleno de valentía y humanidad nos dio al teniente Rizzi y a mí unos golpecitos en la espalda y dijo con voz velada que no era momento para llorar; tenía razón, había que salir de aquel infierno y empezar a bajar pues ya todo estaba hecho y había que evitar mas desgracias todavía. Bajo la amenaza de desplome, montamos unas cuerdas y bajamos al capitán con gran cuidado hasta el pie de la pared, donde ya había gente esperando para hacerse cargo de su cuerpo. Seguidamente, montamos nuestro rapel y descendimos. Echamos a correr por la pendiente de rocas y nieve, arrastrando las cuerdas empapadas hasta caer en brazos de nuestros compañeros: oficiales, profesores, alumnos y soldados, todos habían trabajado y puesto su parte de colaboración y esfuerzo.


Según bajaba corriendo, me di cuenta de que no me había quitado los crampones, así que me senté en el suelo para quitármelos pero me fue imposible. Mis manos estaban tan heladas que no podían soltar las cintas. Me quedé sentado en el suelo con la cabeza entre las rodillas, estaba agotado. De pronto apareció un capitán amigo, que me soltó los crampones y me prestó un jersey y unas palabras de aliento. En ese momento estaba cayendo sobre mi todo el peso de un día duro, de darlo todo por una buena causa. Oía voces a mi alrededor pero seguía viendo como en sombras la película del día, el cuerpo destrozado de Santa Cruz y allá arriba a Grávalos pendiendo de la cuerda como un muñeco desvalido mientras le bajábamos del hielo.

“¡Rodolfo, vamos para abajo!” oía como en sueños; no se ni quién era, quizá el teniente Vicente, ya todo era una nebulosa para mi. Mientras bajábamos un rato juntos fuimos comentando lo terrible que había sido la jornada. Mas abajo me encontré con dos guardias civiles que me saludaron con gran respeto, yo les miré y no les dije nada, por lo visto me conocían; les dirigí una sonrisa y un saludo y seguí bajando triste y silencioso, tropezando con las piedras a cada momento. Antes de abordar el camino para bajar al valle de Pineta dirigí una mirada al colgante glaciar siniestro y feo con la luz declinante de la tarde; todavía era de día pero ya no había sol, era como un monstruo agazapado que miraba con ansia a los que tuvimos la suerte de salir vivos aquel día. Mas abajo iba un grupo con el cadáver del capitán Grávalos metido en un saco de dormir y atado en un palo de camilla con tres o cuatro piolets atravesados para facilitar el transporte. Me incorporé a ellos para ayudar en algo pero me dijeron “Rodolfo, tu vete para abajo que ya has hecho bastante”. ¡No insistí!, estaba tan cansado, me sentía muy triste. Iba por el camino como un autómata.


Pero hube de despertar pronto: desde lo alto caía una gran piedra dando saltos y amenazando con llevarse por delante al grupo de los cursos que iban mas abajo. En efecto, cayó entre ellos y pegó contra un sargento un feroz golpe en la cadera y en la pierna. Fui corriendo a auxiliarle, casi no podía andar. Entretanto, sus compañeros al ver que yo le socorría siguieron deprisa hacia abajo y aunque de vez en cuando nos miraban seguían su rauda bajada, así que todo el rato estábamos rezagados y solos.


No voy a extenderme mucho en la descripción de esta penosa bajada al valle de Pineta, solo, con el lesionado colgado de mí por aquel camino interminable (casi 1.000 m. de desnivel). Fue como una lenta agonía; enseguida se hizo de noche y el tormento creció con la oscuridad: los tropezones y las caídas aumentaron. Este sargento alumno que yo llevaba tenía compañeros cuya obligación habría sido ocuparse de él y no desentenderse, se quejaba y yo no podía hacer por él mas de lo que estaba haciendo. Al fin llegamos a la base del camino, todavía quedaba un trecho muy largo hasta el campamento. Después de una gran zona pedregosa, llegamos al río. Alguien pasó por nuestro lado, nos dio unas palabras de ánimo pero no se quedó a ayudarnos. La sensación de soledad y abandono quebró mi ya delicado ánimo “¿Pero qué pasa aquí, nadie me ayuda?” No encontraba el puente para cruzar el río ¿dónde estaría el maldito puente? Como no lo encontraba, me eché encima al sargento y me metí de patitas en el agua, que me llegaba por los muslos, sin descalzarme ni quitarme el pantalón, y así lo atravesé con el herido encima.


A pesar del tormento que estaba padeciendo, fui consciente de que hacía una noche maravillosa, llena de estrellas que brillaban entre los árboles. Mientras caminaba, pensaba en Pradillo y Vicario, que hacía rato estarían atendidos en el campamento y en Grávalos y Santa Cruz, volando hacia ese cielo estrellado que tenía sobre mi cabeza.


Ya estaba cerca... ¡Dios, cuánto te agradezco que me hayas ayudado a llegar hasta aquí! Se oían voces y se veían luces, unas sombras se acercaban “¡Gracias!” Cogieron al sargento y se lo llevaron, “¡Ánimo Rodolfo, ya has llegado!” Sí, había llegado y me sentía compensado de las penalidades pasadas, pensaba lo bien que se está entre amigos que te aprecian. Me abrazaron, me quitaron la mochila, no tenía idea de qué habría sido de mi cuerda y mi piolet, quizá estuvieran en alguna grieta de las fauces del glaciar o abandonados entre las rocas. Enseguida mi capitán me trajo un bocadillo: dando las gracias me senté en el suelo y empecé a comer... Y ya no recuerdo más. Cuando me desperté, el sol brillaba en todo su esplendor llenando el valle de luces y colores; una mano generosa me había echado una manta por encima ¡me había quedado dormido mientras comía! Me levanté rápidamente pues todo se estaba disponiendo para la marcha y pronto la triste caravana emprendió el camino hacia Jaca.


Terrible día para todos, un día de esfuerzo y peligro continuado. Primero escalar para sacar de allí al capitán Santa Cruz, después subir de nuevo para recoger al capitán Grávalos; bajarlo fue una operación penosa y peligrosa bajo el rugiente glaciar, y para terminar bajar materialmente colgado de mí al sargento de los cursos. Fue un día difícil de olvidar.


Y llegó el día que me licencié y volví a casa provisto de un buen bagaje de conocimientos y una cruz al mérito militar con distintivo blanco por acciones de salvamento muy arriesgadas allí realizadas. Yo volvía con mi título de profesor de esquí y montaña, me proponía enseñar a esquiar en nuestra naciente estación de esquí, quería hacer muchos y buenos esquiadores.


Han pasado muchos años y he subido muchas montañas pero a pesar de las promesas que me hice de volver a subir el camino de Pineta es algo que no he podido realizar, aunque sí volví a escalar la norte del Perdido subiendo desde Goriz. El glaciar ya no era ni la sombra de lo que fue entonces, el retroceso de las nieves lo había dejado al mínimo: solo al principio una pendiente de 15 o 20 metros de hielo puro bastante vertical y después pendientes de nieve y rocas con alguna franjita de hielo, pero nada más. Aunque mantenía su pendiente salvaje.


Sé que hay en el balcón de Pineta una gran cruz metálica dedicada a ellos, que llaman "la cruz de los capitanes". Quisiera subir por el camino desde el valle, abrazarla y rezar por ellos; no se si podré reprimir un sollozo cuando esto ocurra.




Rodolfo Amorrortu García, cabo primero de infantería, diplomado por la Escuela Militar de Montaña como profesor de esquí, escalada y alta montaña.

1 comentario:

  1. Sobrecogedor relato. La belleza del paisaje y la inocencia del relato hacen honor a aquellas personas que sólo podían obedecer, y no eran valorados suficientemente por quiénes consideraban un juego sin trascendencia todo lo que no fuera ostentar su titulación y su poder, los oficiales. Aún así, mi padre vivió toda su vida apasionada y valientemente, sin pedir perdón ni permiso por su audacia ni por su encanto personal único y arrollador. Difícil de explicar el magnetismo de esta persona, más bello incluso que su propia forma de escribir.

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