6 de Mayo de 1955

6 de Mayo de 1955

domingo, 16 de febrero de 2025

 

LA SUR DE PEÑA SANTA

Por Rodolfo Amorrortu

Agosto de 1.953


Hace muchos años, cuando oí hablar de una primera directa por la pared Sur de Peña Santa de Castilla, me hice el firme propósito de seguir con pies y manos aquella ideal y audaz línea trazada por la más fantástica pared de Picos de Europa. Pasaron unos cuantos años y la idea, aunque un poco a un lado, estaba al acecho de la ocasión. Después un montón de cosas, entre el servicio y la cuestión vacaciones, me mantuvieron apartado de mi proyecto, pero como todo en esta vida llega, también llegó la ocasión para mí en uno de mis permisos durante mi antigua vida de militar montañero.


Por fin llegó un verano oportuno y con él agosto y yo me vine de permiso a casa y a los pocos días me volvía a poner mis botas de montañero y marchaba con un compañero hacia Picos de Europa. Y amaneció el día: eran las seis de la mañana cuando nos vestíamos y desayunamos en el oscuro refugio de Vega Huerta, y a la seis cincuenta salíamos por su estrecha puerta cargados de cuerdas y clavijas. Por fin, tras años de espera, daba vida a uno de mis más acariciados proyectos. Cinco cordadas me habían precedido desde aquella primera de Foliot-Fuentes-Rojas de Peñalara y dos por su variante Carleto-Teógenes.


Nieblas ligeras eran dueñas de la montaña, y el sol al penetrar creaba deliciosos efectos de luz sobre el verde húmedo de la hierba. A poco de andar, los bravos perfiles de Peña Santa emergieron de entre las nieblas que se retiraban con rapidez, y el sol llenaba de luz toda la pared que lucía sus tonalidades grises, blancas y rojas. Una fácil trepada por unas llambrías nos situó en una pequeña terraza, verdadero arranque de la escalada. Más de 550 m. de pared se alzaban por encima de nosotros, gigantesca barrera plagada de difíciles obstáculos. Nos encordamos, nos encomendamos Dios Nuestro Señor y nos empezamos a mover por una chimenea vertical a partir de la cual se presentaban una serie de pasos finos.


Sin darnos cuenta ya casi nos encontrábamos a 40 m. del suelo. Puse una clavija y empecé una travesía horizontal ascendente que me sacó de la vía normal, y que desaparecía bajo una pulida pared verdaderamente difícil: uno de los pasos lo intenté cinco veces antes de poder superarlo. Fue una lucha tenaz de la que tengo imborrable recuerdo. Un pequeño agujero en el que sólo cabía la primera falange de un dedo me dio la clave de aquel paso y, doblado como una araña, fui ganando centímetro a centímetro aquel terreno vertical, apoyando las punteras de mis suelas de goma y una mano en la áspera pared y un dedo de la mano derecha en aquel agujero, un solo dedo que bastó. Por fin pasamos.


Lo que seguía era más fácil y fue superado con rapidez. Era un placer escalar por aquélla pared larga y bella, bajo un cielo limpio, con un maravilloso paisaje, con un buen segundo detrás y con unos músculos y reflejos en forma. Tres tramos en libre de 40 metros cada uno nos colocaron en el nevero colgado: habíamos subido 200 metros de pared con pasos verdaderamente difíciles y ya habían transcurrido tres horas y media. Eran las once de la mañana, nos descordamos y nos dispusimos a comer algo. Metimos el chocolate entre la nieve y acometimos con gran paciencia la tarea de coger el agua que caía gota a gota en un rincón de la rimaya. La mermelada mezclada con nieve resultó maravillosa, y nuestras resecas bocas agradecieron el agua helada del nevero. Por debajo de nosotros las nieblas pasaban descubriendo la alegre pradería de Vega Huerta y formando estupendos mares de nubes de imposible descripción. Por encima, todo limpio y puro, la pared que nos esperaba brilla al sol luciendo sus rojizas coloraciones. Aún nos quedaba mucho, más de 350 metros de pared con los pasos más difíciles y los trozos más arriesgados de la escalada.


A las once cuarenta y cinco nos volvimos a encordar y comenzamos este segundo tramo. Subimos por una fuerte pedrera y nos encaramos con el primer obstáculo, unos 50 metros fáciles que subimos con rapidez en escalada libre hasta una chimenea completamente vertical de unos 20 metros. Esta chimenea fue para mí el trozo más difícil de la escalada, y el más duro. Me dejó agotado.


Unas llambrías fáciles nos condujeron al pie de una chimenea que, a pesar de tener en su mitad un gran bloque que obstruía el paso, no presentó dificultades. Terminada ésta, dimos vista a las llambrías junto a la gran grieta. Un trozo verdaderamente temible, pues ante la imposibilidad de clavar no había manera de asegurar, siendo preciso subir muchos metros en escalada totalmente libre sobre el abismo verdaderamente enorme. Este trozo es la expresión más pura de la escalada moderna, que exige estilo y tacto exquisitos en aquella sucesión de finos pasos de la más alta dificultad.


Después de largos tramos colgados sobre el gran nevero las llambrías terminaron ante la última barrera, que atacamos con todo coraje y entusiasmo. Lo que quedaba era vertical en su totalidad. Encima de nosotros una pared extraplomada. Acometí con todo ardor lo que seguía por unos difíciles pasos, pero me cerró el camino una pared completamente lisa. Hacia la izquierda no parecía bueno pero se podía intentar. Empecé a moverme con grandes precauciones por aquellas paredes que se salían de la vertical, pasos verdaderamente aéreos y difíciles: nada, no había posibilidad, además ni encontraba dónde meter un clavija.


Me volví atrás a reunirme con mi compañero que diez o doce metros más abajo seguía con ansiedad mis movimientos. Allí asegurados discutimos las posibilidades que había: tantearíamos por la derecha por un sitio en el que ya me había fijado antes. La clavija de la cual estábamos suspendidos se hallaba diez o doce metros más arriba, cerca del punto más alto alcanzado por mí, lo cual favorecía una travesía asegurada desde arriba.


Después de discutir situación y posibilidades para alcanzar una grieta en forma de oreja que quedaba unos 20 metros mas arriba y a la derecha, ésta fue definitivamente aceptada. Pero con subir y bajar, ir o volver en los intentos por superar el desechado paso y tener que estar en un reducidísimo terreno en que no cabíamos los dos, se nos hizo tal lío en las cuerdas que además de tener que desatarnos, perdimos más de media hora en deshacerlo pues íbamos encordados con dos cordinos de 40 m. Finalmente, ya arreglado, inicié el ataque bajando un poco por unas llambrías muy lisas y, tomando el diagonal ascendente con pasos verdaderamente delicados y aéreos, fui progresando metros muy bellos que me fueron acercando a la grieta.


Alcancé por fin ésta, y ya la cosa iba poniéndose bien cuando un brusco tirón me frenó en la subida: la cuerda se había trabado cuando ya estaba a punto de alcanzar la cumbre. Tuve que asirla con una mano y dando fuerte tirones recuperar lo suficiente para que un parón imprevisto no me hiciese caer. Ya el final estaba allí a pocos metros y la pared cedía en dificultad. Hasta la cuerda corría ya bien, ya se palpaba el final. Ocho metros, siete, seis… Rebosaba alegría y escalaba con rapidez. Cada vez el horizonte estaba más bajo: cinco metros, cuatro, tres, dos, uno… ¡ya estamos!


No pude contenerme y un jubiloso grito salió de mi pecho, salvaje alarido en el que expresaba toda la grandiosidad de la victoria difícil. Eran las cuatro en punto. Desde la misma cresta aseguré a mi compañero, y cuando llegó recogimos en anillos la cuerda. Sin decir una palabra recorrimos los cuatro metros que nos separaban del mojón de piedras de la cumbre: ya se acabó. Allí reunidos en estrecho abrazo gustamos del recio placer de la victoria. Pasamos un buen rato en la cumbre y dimos gracias a Dios en la paradisiaca calma de aquella bella y serena tarde verano. Subidos en una piedra y al borde de la muralla saludamos a nuestros compañeros que habían quedado abajo, hablando a gritos con ellos.


Finalmente nos despedimos de aquella bella cumbre. Recogimos las cuerdas y demás material y nos preparamos para el descenso de la cara Norte. Aunque no sabíamos el itinerario daba igual: las dos cuerdas nos solucionarían todos los problemas. Así que sin buscar más lo iniciamos por un callejón que comenzaba junto a la misma cumbre, con gran ansia de llegar abajo pues teníamos una sed terrible. Al fin, después de un rápido descenso encordados pero sin hacer un solo rapel, nos vimos junto al nevero al pie de la pared norte. Plegábamos las cuerdas cuando el día se acababa.


Nos sentamos a comer junto a un chorro de agua que manaba del nevero. Era la hora del desquite después de tantas horas de acción donde todo era vertical. Pero la noche se nos echaba encima con rapidez, había que procurar que nos cogiese lo más lejos posible de aquí, fuera del Hoyo Santo si podía ser. En el impresionante crepúsculo de aquel mundo apocalíptico corríamos saltando por las rocas y resbalando en los neveros. Aquí abajo todo se tornaba negro, en cambio en las cumbres... allí no se hacía de noche. Resplandecían con brillo gris y mortecino bajo los reflejos del último rayo del sol: casi daba miedo mirarlas, parecían fantasmas de una feroz pesadilla. Desde el Collado de la Forcadona pudimos disfrutar de la grandiosa poesía del anochecer en la alta montaña, sobre un mar de nubes de inenarrables tonos azules y negros.


Jornada maravillosa esta de hoy, plagada de emociones, aventura y belleza, creo que nunca me olvidaré de tu maravilla. Eran las diez de la noche cuando llegamos a Vega Huerta. La masa oscura del refugio se destacaba sobre la pradería bañada por la luz de la luna. Allá arriba, en el suave resplandor de la noche clara, la cumbre de Peña Santa dialogaba con las estrellas.

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